Minas de Macaruco (Gádor)

Pese a que la minería por antonomasia en el municipio de Gádor ha sido la del azufre, desarrollándose una importante y muy prolongada actividad extractiva y fabril, existen testimonios de actividad minera ligada a otros metales, como el plomo o el cobre, e incluso de un curioso y enigmático episodio de extracción de lignito.

En esta ocasión nos vamos a centrar en el paraje de Macaruco, un árido y escarpado conjunto de ramblas y barrancos al sur del coto de azufre de Las Balsas. Remontando la rambla del mismo nombre llegamos a las ruinas del Cortijo Ochotorena, algunas de cuyas paredes conservan aún la tradicional pintura azul mediterránea. Es en sus inmediaciones donde confluyen la rambla de Macaruco y la de las Balsas y, entre ambas, se yergue majestuoso el Cerro de las Minas. El laboreo ha debido ser históricamente muy intenso, pues se encuentra plagado de escombreras gigantescas.

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En el cerro sitúa el Instituto Geológico y Minero de España (IGME) un indicio de plomo, con galena como mineral principal y con el interrogante de la posible existencia de sulfuros y carbonatos de cobre.

Cabría pensar, en un primer momento, que el grueso del laboreo se corresponde con la época de explotación masiva del plomo de la Sierra de Gádor, a partir de la década de 1820, cuando tiene lugar la liberalización de la minería. Sin embargo, un curioso documento reproducido en un períodico de finales del siglo XIX aporta una perspectiva más que sugerente. La propia circunstancia de dicha publicación resulta pintoresca, y no nos resistimos a citarla.

A principios de 1883 el diario almeriense La Crónica Meridional sirvió de tribuna al debate epistolar entre un suscriptor del mismo y D. Rafael Sánchez Rosales, a la sazón alcalde de Gádor. El motivo de la polémica eran las pretensiones de los municipios de Gádor y Enix por la jurisdicción sobre el paraje de los Charcones, limítrofe entre ambos. El anónimo suscriptor concluyó una de sus cartas insinuando que el tío del Alcalde de Gádor tenía mucho que explicar sobre unos terrenos en la Redonda de Macaruco. Muy ofendido, Sánchez Rosales replicó en su condición de sobrino, que no de Alcalde, transcribiendo literalmente la escritura de propiedad de la finca de su tío en el paraje de Macaruco. Dicho documento databa del 22 de octubre de 1817 y, en su parte expositiva, se describe prolijamente la finca y sus linderos y, en particular el ya entonces denominado “cerro de las minas”. Habida cuenta de que la eclosión minera de la Sierra de Gádor comenzó más tarde, y en un primer momento únicamente en la parte occidental, cabe deducir que el paraje, probablemente, hubo de ser explotado o bien en la época del Estanco (siglo XVIII), o bien en época romana. Lamentablemente no hay más datos que aporten luz sobre la cuestión, si bien cabe resaltar que el Camino de las Fundiciones Reales pasaba muy cerca de allí, pudiendo transportar de una forma relativamente fácil la galena hasta Alcora para ser fundida.

Lógicamente, el impulso minero del siglo XIX también debió llegar a esta zona, como en toda la parte oriental de la Sierra, principalmente a partir de la mitad del
siglo, y aunque ya hubiera minas en el pasado, las grandes escombreras deben datar de esta época.

Entre estas, hemos localizado las siguientes: San Ezequiel (1858), Desesperación del Gallo (1874), Santa Rosa de Lima (1861) y El Águila Rapiña (1911).

Sin embargo, el destino de nuestra excursión no iban a ser las exuberantes minas de plomo del Cerro, sino una modesta mina de cobre, de la que no constaba su localización exacta. Entre los casi mil expedientes de concesiones mineras del municipio de Gádor posteriores a 1861 obrantes en el Archivo Histórico Provincial, nos fijamos en la denominada “Mina Segunda Parte”, al ubicarse en la llamada Redonda de Macaruco y tratarse de un mineral relativamente escaso en la comarca. Huelga decir que, estando muy próximos al poblado de la Edad del Cobre de Los Millares, cualquier indicio de este mineral encontrado dentro de su radio de acción puede resultar interesante.

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En febrero de 1907 D. Ángel Ochotorena y Trujillo solicita veinte pertenencias mineras, en terrenos de Dª Dolores Trujillo. El 13 de marzo de 1908 tiene lugar el Acta de demarcación, tomando como punto de partida una excavación junto al denominado Barranco de Poca Leche, con enfilaciones visuales a la Loma de la Mula, Cerro Alfaro y Mesa Contrata, recibiendo el número de registro 30036.

Nada se sabe de esta mina hasta que, curiosamente, el 29 de septiembre de 1908 tiene lugar la solicitud de una concesión minera con el mismo nombre, para el mismo mineral y en los mismos terrenos, pero esta vez a nombre de Fausto La Gasca Rull, químico de 30 años de edad. Presumiblemente, el anterior registrador no efectuó el preceptivo pago del registro, quedando libre y registrable de nuevo, circunstancia aprovechada por La Gasca. El Acta de demarcación tiene fecha de 14 de febrero de 1909, y se le asigna el número de registro 31033. Siendo el plano indudablemente el mismo que el de la anterior concesión, el barranco recibe ahora, sin embargo, el nombre de La Zorra.

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En ningún mapa actual ni histórico hemos encontrado referencia alguna a estos topónimos, pero del estudio de las visuales, y del relieve señalado en los planos, creemos haberla localizado en las coordenadas UTM 540055 E 4084040 N. La mina en sí es de unas dimensiones más que modestas. Apenas un tajo vertical, buscando sin duda alguna el filón de cuya existencia dan fe numerosas vetas azules y verdes, profundizando apenas cinco metros, y terminando en dos pequeñas cavidades.

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Al otro lado del barranco pueden verse también piedras con minerales cobrizos, pero mucho más dispersas que en las inmediaciones de la mina.

En las proximidades de la mina hay también un soberbio horno de cal, en excelente estado de conservación, y apuntalado por dos contrafuertes de gran porte.

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Mineralógicamente, hay que decir que la mina resulta interesante, habiendo confirmado la existencia de malaquita, azurita, conicalcita, duftita y hemimorfita, aunque existen otros minerales pendientes de analizar.
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AMIGOS DEL PATRIMONIO GEOMINERO ALMERIENSE (APGA) 2016

 

El Coto Peón, las minas del Chive (Lubrín)

Durante varias jornadas, hemos explorado una serie de espectaculares minas y explotaciones a cielo abierto de mineral de hierro en la Sierra de la Atalaya, cerca del Chive, una pedanía de Lubrín (Almería). El estudio de la mismas concluye que todas ellas constituían una curiosa unidad de producción vinculada a la familia Peón, prolongada a lo largo de varias décadas. Analizaremos su trayectoria histórica y nos recrearemos narrando la extraordinaria experiencia de recorrer sus enormes bóvedas y pasillos, intactos después de décadas de inactividad.

Lubrín es un municipio situado al este de la Sierra de los Filabres, con una historia minera muy interesante, pero poco conocida y aún menos estudiada. A pesar de la riqueza y variedad de los criaderos, su situación alejada de la costa y de los ferrocarriles y cables aéreos que daban salida a los minerales de las principales explotaciones, le impidió jugar un papel relevante en el panorama extractivo de la provincia.

Paradójicamente, fue mientras la minería almeriense daba sus últimos coletazos cuando Lubrín asistió a su apogeo, a finales de los años 50, y hasta bien entrados los años 60 del siglo XX.

Mineralógicamente, lo más peculiar del término municipal es la gran abundancia de granates, incrustados en rocas micáceas. También encontramos amianto (asbesto), que fue objeto de extracción y procesamiento en la pedanía de El Marchal, episodio que merecería otro estudio monográfico. Sin embargo, lo más significativo ha sido la explotación del mineral de hierro, concentrada en el paraje de Las Moletas, lindando con los ricos criaderos de Bédar, y sobre todo, en la pequeña Sierra de la Atalaya, entre el pueblo de Lubrín y la pedanía de El Chive. A esta zona le vamos a dedicar nuestro pequeño estudio, reconstruyendo algunos momentos de su dilatada historia y destacando las enormes posibilidades de uso turístico o pedagógico de alguna de sus minas.

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Historia

El Coto Minero Peón está constituido por 13 concesiones mineras que, prácticamente, abarcan toda la superficie de la vertiente sur de la Sierra de la Atalaya. El elemento aglutinador de todas estas minas fue el empuje emprendedor de D. Segundo Peón Moreno entre finales del siglo XIX y principios del XX.

La actividad minera del señor Peón en La Atalaya aparece documentada por primera vez en 1898, cuando registra las concesiones Araceli y Victoria. Esta última, tras su demasía (ampliación) tenía unas dimensiones colosales para la época, 66 pertenencias mineras (cada pertenencia es un cuadrado de 100×100 metros). Un año antes también había sido titular de otra mina de hierro entre Alsodux y Alboloduy. Ese mismo año de 1898 le compra a su suegro, León Ramírez Egea, la mina Iluminada.

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No obstante, es en 1900 cuando inicia una frenética actividad de adquisición de minas a lo largo de esta pequeña sierra (La Unión y mi Genoveva, La Recompensa, Las Rozas Bilbaínas, El Triunvirato, María Teresa, El León Bravo y Virgen del Pilar). Merece la pena detenerse en estas tres últimas, que a la postre, resultaron ser las más productivas. La forma de adquirirlas fue por partes. El 23/02/1900 compra a José García Sueca el 10% de ellas, y el 06/04/1900 hace lo propio con el 90% restante, del que eran titulares Clara Gorostegui Arrantia y los hermanos Agustín y Valentín Iza Rementería. Entendemos que esta última parte es la herencia que les correspondía del industrial vizcaíno Fernando Iza, del que consta la existencia de tratos mercantiles con Víctor Chávarri, uno de los mayores inversores foráneos en las minas de Bédar de la época.

Lo más curioso es que, tanto Virgen del Pilar como El León Bravo, habían sido registradas por primera vez en 1880, precisamente, por el suegro de Segundo Peón, que posteriormente debió haberlas vendido.

Ya en 1907 se completa el coto minero con la adquisición de San Antonio y San Miguel, manteniéndose las 13 minas como una explotación conjunta a lo largo de varias décadas.

Sin embargo, no aparece ninguna mina de Lubrín en las declaraciones de los mineros publicadas en el B.O.P. a efectos del pago del impuesto entre 1889 y 1910, fechas en la que era obligatoria tal circunstancia. Esto puede ser indicativo o bien de lo escaso de su producción o de la magnitud del fraude fiscal, o de una mezcla de ambas. No hay que perder de vista que se trataba de una comarca que se encontraba fuera de los grandes cotos, y que no disponía de ningún medio de transporte moderno para el mineral de hierro, bien fuera ferrocarril, cables aéreos o planos inclinados, a diferencia de lo que sucedía ya en la práctica totalidad de la provincia. De hecho, este período coincide con el ciclo expansivo por antonomasia de la minería del hierro almeriense, apoyado en la demanda sostenida y en los buenos precios.

La única referencia bibliográfica que hemos encontrado respecto a las minas de municipio es la mención genérica de Andrés Sánchez Picón en La Minería del Levante almeriense a la participación de la compañía francesa POMAN, fundada en 1893, y que trabajó minas de hierro en Lubrín. En el mismo trabajo se recoge una cita de El Minero de Almagrera de 1883, sobre la participación de la compañía alemana Stolberg & Westfalia en diversos negocios mineros diseminados en los términos de Turre, Lubrín, Enix y Lucainena.

Por nuestra parte, hemos localizado otras dos referencias en El Observador Mercantil, en 1906. El 25/01/1906 se hace eco, con la grandilocuencia habitual en la prensa de la época, de las grandes expectativas del coto minero de Los Coscojares. Meses más tarde, el 08/01/1906 se llega incluso a informar de la existencia de un proyecto para construir un ferrocarril, por parte de una empresa extranjera sin identificar, que “partiendo del coto de Los Coscojares pase por los grandes criaderos de hierro de Juan Blanquilla y La Atalaya, y venga a morir en las playas de Carboneras y Garrucha”.

Para volver a tener noticias de este coto minero, hemos de esperar hasta 1926. El Tomo II de la magna obra de Guardiola y Sierra, Criaderos de Hierro de España, dedica el capítulo XIX a los Yacimientos de los términos de Zurgena y Lubrín, si bien se detiene únicamente en los de Coscojares y la Atalaya.

Lo más significativo es el hecho de reconocer al coto como una unidad de explotación, aunque el número de concesiones que recoge es 12, no 13. Tampoco identifica si la gestión correspondía a los herederos del propietario, el citado Segundo Peón, que había fallecido en 1923, o había sido arrendado a un tercero.

A pesar del tiempo transcurrido, nos volvemos a encontrar con el hecho de que su situación, más alejada del mar que las formaciones montañosas de Bédar, con las que comparte naturaleza geológica, ha impedido su explotación en gran escala. El escaso mineral extraído era transportado a lomos de animales hasta el ferrocarril de Lorca a Baza, para su embarque en Águilas. Entendemos que el punto de carga en el ferrocarril sería la estación de Zurgena, la más próxima a las minas.

La descripción geológica del criadero de mineral es bastante prolija, estimando sus reservas a la vista en unas 600.000 toneladas de hematites parda, que con un plan completo de explotación podrían llegar al millón y medio de toneladas. En cuanto a la calidad del mineral, su contenido en hierro oscila entre el 45 y el 48%, con un 2% de manganeso, y muy pobre en silicio y fósforo, lo que lo convierten en muy apreciado en los mercados.

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Pese a la gran importancia del criadero, las labores a esa época se limitaban a algunas rozas y a una serie de galerías de no más de 12 metros de profundidad. La gran esperanza para la viabilidad de la explotación era la cercanía al trazado del proyectado ferrocarril estratégico de Torre del Mar a Zurgena, apenas a unos 4 kilómetros. Sin embargo, en esa década ya parecía haberse esfumado tal posibilidad, por lo que Guardiola y Sierra apuntan como más factible la idea de construir un cable aéreo de unos 8 kilómetros entre los terrenos de la concesión León Bravo y la estación del ferrocarril de Chávarri en Bédar.

Para volver a encontrar información sobre el devenir de la minería en la Sierra de la Atalaya, hemos de esperar a la década de los 50. Entre 1953 y 1958, la Estadística Minera y Metalúrgica de España (EMME) va a recoger algunas breves reseñas a la zona de nuestro interés. La más extensa es la primera de ellas, en 1953, anunciando que “se ha reanudado la explotación el el llamado Coto Peón, de Lubrín. El nuevo explotador es la empresa Alfomelo S.A., formada por entusiastas elementos, con medios económicos poderosos”. Por enésima vez, alude también a la importante cubicación del yacimiento, a la buena calidad de su mineral y, como no, al difícil y costoso transporte.

Se cifra la producción para ese ejercicio en 11.960 toneladas, parte de las cuales fueron transportadas por carretera para embarque por el puerto de Almería, y las otras transportadas a Zurgena para seguir por ferrocarril al puerto de Águilas. Asimismo, se vuelve a plantear la posibilidad, contemplada por la empresa, de un cable aéreo para llevar el mineral hasta la costa, esta vez por “el antiguo embarcadero de Villaricos”.

En 1955 la explotación recibe un gran impulso, llegando a producir 69.028 toneladas. En los años sucesivos se va mantener elevado el nivel de producción. En 1957 se señalan ya algunas dificultades, bajando la producción hasta las 52.000 toneladas. A partir de 1959, desaparece toda mención al Coto Peón en la EMME.

En los distintos expedientes administrativos de las concesiones mineras, obrantes en el Archivo Histórico Provincial de Almería, hemos localizado el contrato de arrendamiento de las minas del Coto Peón a favor de la empresa Minas de Hierro Alfomelo S.A. Lo curioso es que, como propietario y arrendador de las minas, figura el comerciante malagueño Carlos Rubio Robles, aunque más adelante tendremos ocasión de aludir al origen y desenlace de esta cuestión.

Centrándonos en la empresa Alfomelo, esta fue constituida en Madrid como Sociedad Limitada el 21/02/1953. En el citado contrato de arrendamiento se estipula una duración del mismo hasta el 31/12/1958, a un precio de 5 pesetas por tonelada de hierro extraída. El 25/08/1953 se eleva a público en Málaga dicho contrato, pero para entonces Minas de Hierro Alfomelo se había transformado en Sociedad Anónima, pasando su capital social de uno a tres millones de pesetas.

Detrás de esta sociedad está la curiosa figura de Alfonso Martín Escudero, un emprendedor que, a partir de unos orígenes muy humildes, acabó creando un potente grupo empresarial, que culminó con la fundación de un banco en Brasil. Nacido en 1901 en Brihuega (Guadalajara), comenzó su trayectoria a los 13 años como ayudante de un representante de tejidos, para llegar a establecerse él mismo en la venta al por mayor de tejidos en La Coruña. En 1953 funda la citada Minas de Hierro Alfomelo y una sociedad subsidiaria, Transporte de Minas, encargada de realizar los embarques y exportación de mineral. También consta que adquirió minas en Lorca y Águilas, además de convertirse en propietario de importantes solares en el Paseo de la Castellana de Madrid. Sin abandonar sus negocios españoles, da el salto a Cuba, donde desarrolló actividades de muy diversa índole. En medio de las convulsiones por la revolución castrista, abandona Cuba y se establece en 1955 en Brasil, donde acabará fundando el Banco Alfomares, posteriormente adquirido por el Estado de Paraná. Falleció en Brasil a la edad de 88 años.

alfonso-martin-escuderoAlfonso Martín Escudero (Fuente: meioseculo.blogspot.com.es)

De los pormenores técnicos de la explotación durante esta época no nos han quedado testimonios, si bien entendemos que la magnitud del volumen de mineral extraído justificó la construcción de las estructuras que aún hoy se conservan, y que se limitan a varias tolvas de piedra, el trazado de varias vías mineras y la casa de la empresa.

Entrando ya en los años 60, un nuevo contrato de arrendamiento nos va a arrojar algo de luz sobre el período intermedio que había entre la consolidación del Coto Peón, a principios del siglo XX, y la época de Alfomelo. En 1964 José Peón Santana, en calidad de representante de los herederos de Segundo Peón Moreno, solicita ante la Jefatura de Minas la cancelación de la inscripción de las concesiones mineras a nombre de Minas de Hierro Alfomelo S.A., al haberse extinguido el 30/04/1959 el arrendamiento. Al mismo tiempo, solicita que sean inscritas a nombre de la familia Peón, apoyándose en una sentencia judicial de la Audiencia Territorial de Granada de fecha 14/06/1958, confirmada por otra del Tribunal Supremo de 1962. En virtud de esta sentencia se declaran como nulos los contratos de compraventa de 20/12/1916, ya que la venta de las minas de Segundo Peón a Carlos Rubio Robles había sido simulada. En consecuencia, se ordenaba el reintegro al Sr. Rubio de 52.000 pesetas, más los correspondientes intereses. Admitido el cambio de dominio por la Administración, los herederos del Sr. Peón pretenden arrendar el coto minero a Ignacio Sellán Aizpuro. No obstante, por defectos de forma no se admite la solicitud, no habiendo encontrado en los expedientes ningún contrato que demuestre que, finalmente, el arrendamiento hubiese llegado a término.

Un último intento de arrendamiento, cuya autorización administrativa en principio también consta como anulada, tuvo lugar el 27/01/1970, a favor del santanderino Jorge España Sasia. En el contrato se estipulaba un canon de 14 pesetas por tonelada de mineral de hierro, con un mínimo de explotación de 12.500 toneladas. De forma un tanto rocambolesca hemos podido acreditar que, efectivamente, hubo actividad durante dicha época, como veremos más adelante.

Finalmente, en 1987, la Consejería de Fomento y Turismo de la Junta de Andalucía declara la caducidad las 13 concesiones de explotación que constituyeron el denominado Coto Peón de la Sierra de la Atalaya, cerca de la pedanía del Chive, cerrándose la historia de este coto minero familiar de tan inusualmente prolongada existencia.

Las minas

La primera zona que hemos visitado ha sido la menos interesante de todas. Hacia el centro de la sierra, y en la vertiente sur, existen una serie de labores a cielo abierto de pequeña magnitud. Se trata de los terrenos ocupados por la concesión Victoria. Llegamos desde la pedanía de El Pilar, por la estrecha carretera que va hasta el Chive. Apenas a un kilómetro desde el cruce, dejamos el coche, y remontamos un pequeño barranco que en su día estuvo poblado por chumberas, hasta la zona de las minas.

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Vista general de las labores en la vertiente sur de la Sierra de la Atalaya, desde el punto donde dejamos el coche

Pasamos junto a una galería derrumbada y una gran escombrera, de la que nos llaman la atención las durísimas piedras de mármol que la componen. Más al este, y siguiendo lo que presumiblemente fuera una vía minera, llegamos hasta una pequeña tolva de piedra, que bajaba el mineral desde las labores del nivel superior.

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En el extremo occidental de la sierra hemos observado la existencia de un par de tolvas de características muy similares, en terrenos de Triunvirato, muy cerca de la carretera de Lubrín a Uleila del Campo.

La siguiente zona que visitamos resultó ser bastante más interesante, dedicándole dos excursiones completas. Justo al borde de la carretera que une el Chive con Lubrín se encuentra la concesión León Bravo, y las mayores infraestructuras de todo el coto minero. Lo primero que vemos es una gran tolva de mampostería, que viene a volcar justo al nivel de la carretera. Sin duda alguna, se trataba de el punto desde donde se cargaban los camiones en la etapa de Hierros Alfomelo.

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Tolva de carga en los camiones

Por encima de ella se aprecian los restos de un enorme depósito de minerales. Alrededor de este punto, se suceden numerosas canteras o rozas a cielo abierto, algunas de ellas gigantescas.

La primera boca de mina que vemos está muy cerca de la tolva, junto a la carretera, rectilínea y de unos 30 metros de longitud, fácilmente accesible, pero poco interesante.

La mina más espectacular de la concesión está muy escondida entre matorrales, y la encontramos a levante del gran depósito, siguiendo el trazado de lo que sería una vía minera, encima de la casa de la compañía minera. Sólo por ella merece la pena la visita. Nada más entrar por la estrecha abertura nos encontramos dentro de una enorme cavidad, excavada a golpe de barrenos. Las luces de nuestras linternas ni siquiera llegaban a los techos, de tan considerable altura que presenta.

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Entrada de la mina León Bravo

Desde la gran bóveda, podemos profundizar a través de sendos pasillos, a derecha e izquierda. El de la izquierda da paso a otra bóveda, más pequeña que la de la entrada, pero en cuyas paredes encontramos unos bellísimos y abundantes ejemplares de pirolusita (óxido de manganeso), perfectamente distinguibles por su intenso brillo metálico. El pasillo de la derecha resulta especialmente reseñable, por cuanto el suelo que pisamos es el propio filón de hierro. El método de explotación era el de pilares o llaves, que consistía en en dejar columnas del mineral para sostener las bóvedas a medida que estas se iban perforando.

20151115_133736_2-webAntesala de la mina León Bravo

Al fondo de las labores efectuamos un curioso hallazgo, una caja vacía de explosivos y un rollo también vacío de cable detonador, así como una espuerta para llevar el mineral. La importancia de este descubrimiento es que nos ha servido para demostrar que, efectivamente, la actividad minera se prolongó, al menos, durante los años 70, a pesar de que en el expediente administrativo no se haya encontrado ningún documento que lo acreditase. Y si podemos demostrarlo es, precisamente, porque tanto la caja de explosivos como el rollo de cable corresponden a Unión de Explosivos Río Tinto S.A., de Madrid, compañía que fue fundada en 1970 a partir de la fusión de Unión de Explosivos de España y la Compañía Española de Minas de Río Tinto.

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Nuestra última excursión la hemos dedicado a la concesión María Teresa, también atravesada por la carretera del Chive a Lubrín, en la parte más oriental del coto minero. Siguiendo dicha carretera, apenas un kilómetro y medio después de la casa de la mina, observamos numerosas labores mineras a nuestra izquierda. La más visible es una especie de cueva de grandes dimensiones. No obstante, esta se trata de la que menos desarrollo tiene. Existe otra galería, en frente de la tolva (la cual conserva aún una vertedera metálica), escondida entre la vegetación, que al entrar da paso a otra nueva cavidad de enormes dimensiones. Muy parecida a la de León Bravo, esta resulta significativamente más peligrosa, pues desciende abruptamente en forma de socavones, uno de los cuales pasa justo al lado de un pozo de gran profundidad. Tampoco el suelo ayuda, pues a diferencia de lo que veíamos antes, se compone de piedras sueltas y tierra muy resbaladiza, y en su interior no hemos encontrado minerales de valor.

Por último, a la derecha de la carretera, y no visibles desde esta, hemos localizado otras galerías de gran interés. Hay que bajar el barranco hasta una zona de acopio de minerales. A la izquierda nace el trazado de lo que debió ser una vía minera, que va rodeando el cerro hasta una gran explanada. En los dos extremos de la misma se sitúan dos minas de agradable visita, si bien con características diferentes. La de la izquierda es del tipo bóveda, naciendo en su misma entrada una cámara principal de grandes dimensiones. Al fondo, otra cámara más pequeña alberga en sus paredes unas goethitas muy interesantes.

La de la derecha es un pequeño laberinto de galerías, de suficiente altura para movernos con facilidad, y de trazado sinuoso, que denota cómo los mineros iban siguiendo la dirección anárquica de los filones. Para enfilar la parte más profunda hay un escalón con el que conviene ser muy precavido, pues a la vuelta puede resultar difícil de subir, al no existir ningún punto de apoyo. Como curiosidad, la mina se encuentra llena de opiliones, un tipo de araña inofensiva y muy común en las minas de Almería, de cabeza muy pequeña y patas muy largas, que en ocasiones forman enjambres con decenas de ejemplares. Se trata de una mina muy entretenida de recorrer y, como la mayoría de las minas almerienses, aparentemente segura por la consistencia de las rocas.

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Las dos minas en la explanada al final de la vía minera de la concesión María Teresa. A la de abajo corresponde el vídeo que acompaña a esta publicación

Minerales

En la base de datos del Instituto Geológico y Minero de España existen recogidos tres indicios metalogénicos en la zona de la Sierra de la Atalaya.

El número 1014005 se corresponde con las minas Victoria, San Miguel y Triunvirato, coordenadas X: 581.100 e Y: 4.116.900. Definido como de naturaleza estratiforme/estratoligado¸ N040-060/50-70NE, en las labores principales; hacia el SE cambia el sentido de buzamiento. La mineralización sigue el muro de la formación marmórea, con aloramientos aislados.

El número 1014006 se corresponde con la mina León Bravo, coordenadas X: 582.200 e Y: 4.116.500. Definido como de naturaleza estratiforme, con cuerpos mineralizados estratiformes, hacia la base de la formación carbonatada; también filones N005 por sustitución de los carbonatos a favor de fracturas y planos de discontinuidad.

Para ambos indicios, como minerales principales contempla hematites, limonita y siderita y, como secundarios, óxidos de manganeso y hematites especular.

Por último, el número 1014004 lo denomina “Labores de la Atalaya”, cerca ya de la pedanía de El Pilar, coordenadas X: 580.500 e Y: 4.117.400. También es de naturaleza estratiforme, N120/35N, con niveles lenticulares centimétricos de óxidos de hierro, en un paquete de mármoles de al menos 2 metros de potencia. Minerales principales: hematites y limonita, y como secundario posible pirita.

A continuación podemos disfrutar de unas fotografías de los minerales recogidos.

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Pirolusita. Foto cortesía de José A. Soldevilla.

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Pirolusita. Foto cortesía de José A. Soldevilla.

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Análisis de las pirolusitas (cortesía de Adolf Cortel)

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Siderita y calcita (foto del autor)

Perspectivas de aprovechamiento

Consideramos muy interesante explorar las posibilidades de aprovechamiento turístico y didáctico de esta comarca minera, tal y como ya se está llevando a cabo en numerosos puntos de España y el extranjero. En un espacio relativamente pequeño encontramos minas espectaculares, instalaciones de patrimonio industrial y rutas y parajes de gran valor paisajístico. La inversión en acondicionamiento de las galerías no debería ser muy elevada, y nos atrevemos a sugerir la gran mina de León Bravo como la más idónea para ser convertida en visitable, y embrión de un futuro desarrollo de turismo minero de la comarca.

En cualquier caso, sirva este trabajo para dar a conocer una muestra más del ingente patrimonio minero almeriense, y rescatar del olvido la historia de unas minas por las que pasaron varias generaciones de sufridos trabajadores.

Por último, añadimos un vídeo grabado en la última de nuestras visitas.

© Mario López Martínez
Amigos del Patrimonio Geominero de Almería – 2016

Cueva de la Paloma (Bayarque, Almería)

La Cueva de la Paloma es una cavidad natural, ubicada en el término municipal de Bayarque (Almería), que desde tiempos inmemoriales ha sido horadada en busca de minerales. Ubicada sobre la espectacular “Cerrá de Tíjola”, un desfiladero formado por el Río Bacares, se encuentra también a los pies de Tíjola la Vieja, las ruinas del antiguo emplazamiento del pueblo, arrasado tras la guerra que siguió a la rebelión de los moriscos.

Se puede acceder de dos formas. La más complicada, pero también la más interesante, es desde el sendero de la Cerrá, que partiendo desde Tíjola remonta el río pasando por un viejo molino, una acequia y preciosas cascadas, como la Fuente del Huevo.

La más sencilla es desde un carril que parte a la izquierda, a la salida de Bayarque, el cual seguimos hasta una explanada donde se puede aparcar el vehículo. A partir de ahí se baja hasta la Cueva por un empinado pero cómodo sendero.

Historia
Según Madoz “en la famosa Cueva de la Paloma se encuentra mineral de cobre; los antiguos trabajaron infinito en ellas, según lo demuestran las largas y profundas minas que allí se ven”.

La primera referencia que encontramos a la minería moderna es el monográfico dedicado a Bayarque del Instituto de Estudios Almerienses, que limita la explotación de la Cueva de la Paloma hacia 1900, resultando infructuosa la búsqueda de hierro y cobre. La realidad es bien diferente.

Tras investigar en el fondo de expedientes de registros de minas del Archivo Histórico Provincial de Almería hemos podido determinar que, hacia 1888, se explotaba la Cueva, dentro de la concesión minera “Mi Dolores”, de Francisco Hernández Castillo. Unos pocos años después caducó el registro, pero en 1894, en plena fiebre de la minería del hierro, se solicita rescatar la concesión bajo el nombre de “Recuperada” por Amador Giménez Molina. Hay que constancia de que estuvo activa, al menos, hasta 1898, para caducar en una fecha indeterminada.

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En 1910 se reactiva la explotación, bajo la concesión “Los Remedios”, que amplió considerablemente el área demarcada desde las 12 iniciales hasta las 31 cuadrículas mineras (cada una tenía una superficie de 100×100 metros). El titular era Francisco Sánchez Roca, procurador de los Tribunales de Almería capital. En 1921 solicita a la Administración un certificado de que se encontraba al corriente de pago del derecho de superficie, y de que no había arrendado o traspasado la concesión. Para entonces la minería almeriense en general, y la del hierro en particular, había entrado en una grave crisis, que llevó al abandono de la mayoría de las explotaciones. Curiosamente hemos averiguado que en 1922, poco después de solicitar ese certificado, se registra el terreno colindante con la mina “Los Remedios”, entre su borde oeste y el río Bacares, para la extracción de petróleo. Se trataba de la concesión “Virgen del Mar”, del también almeriense Juan Antonio Martínez Rodríguez. Ya en 1921 se habían efectuado otros seis registros para buscar petróleo en la vecina Tíjola. Sin duda alguna, esa fiebre debía obedecer más al oportunismo que la existencia de fundamentos geológicos serios sobre la existencia de yacimientos bituminosos explotables.

Más allá de estas circunstancias anecdóticas, señalar que la minería en este paraje no verá ciertos signos de reactivación hasta la tardía y atípica fecha de 1967, cuando la empresa radicada en Gijón “Molinera Astur S.A.” solicita el Permiso de Investigación para cobre “La Joya”, en los términos de Tíjola y Bayarque. Considerando de poco interés continuar con las labores antiguas, optaron por practicar una galería que, desde la falda del cerro, en la ribera del Río Bacares, cortase el filón de la Cueva de la Paloma. Tras sucesivas prórrogas, el Permiso de Investigación expiró en 1973, sin llegar a solicitarse el pase a la figura de Concesión Minera.

La exploración

En comparación con otras minas de nuestra provincia, el recorrido es bastante fácil. Recomendamos entrar por una pequeña galería artificial a la derecha de la reja, con visibles afloramientos de malaquita. Tras un breve recorrido, desembocamos en la primera gran cavidad natural, visible desde el exterior.

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La cruzamos hasta su extremo de la izquierda, y bajamos con cuidado por una empinada pendiente de escombros muy resbaladizos. Al final de la bajada estamos en el fondo de la segunda gran cavidad, la interior. De ella parten algunas pequeñas catas, y encontramos al final una hermosa veta de azurita.

A la izquierda de esta nave parte una galería horizontal, rectilínea y amplia, que tras unos 40 metros finaliza en una bifurcación en forma de “T”. Recorremos cada uno de los ramales entre el brillo de las pequeñas calcitas, percibiendo cómo el calor va aumentando a medida que nos internamos. La de la izquierda finaliza abruptamente en una pared. La de la derecha, en lo que parece ser un derrumbe. Esta última tiene, a su vez, otro pequeño ramal a la derecha, pero de corto recorrido.

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Minerales

Además de las citadas vetas, podemos recolectar abundantes piedras de azurita y malaquita en la gran escombrera del exterior.

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Fundición Fuente de Molina (El Calabrial, Felix, Almería)

En una vaguada cerca de las cumbres de la Sierra de Gádor, hemos tenido la oportunidad de identificar los restos de una antigua fundición de plomo, de la que no nos consta que haya sido estudiada, ni tan siquiera localizada con anterioridad.

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Durante la primera mitad del siglo XIX fueron numerosas las instalaciones metalúrgicas repartidas por todos los parajes de esta sierra, de mayor o menor porte, pero de gran parte de ellas se ignora su ubicación exacta, habida cuenta del tiempo transcurrido, y de lo precario de su construcción.

Sin embargo, lo que más nos ha llamado la atención en este caso particular, es la forma de la galería de condensación, con unas características que se alejan de la configuración típica de las fábricas contemporáneas, y cuyo fundamento no alcanzamos a interpretar.

El Calabrial es un paraje situado en el centro de la Sierra de Gádor, dentro del término municipal de Felix, a unos 1.500 metros de altitud, donde el terreno se suaviza antes del ascenso a las cumbres más altas. El Barranco de la Fuente de Molina divide al Calabrial en dirección norte a sur, encontrando en la vertiente oeste una serie de inmensas escombreras correspondientes a minas de plomo. Frente a ellas, al otro lado del barranco, es donde se encuentran los restos de la fundición.

Para identificar la Fundición hemos recurrido a las declaraciones de los empresarios fundidores de la Sierra de Gádor entre 1835-1841, recogidas por Miguel Ángel Pérez de Perceval en “Fundidores, Mineros y Comerciantes” (1984). En la tabla de la página 104 consta la existencia de una fundición en Felix denominada “Fuente de Molina”, a nombre de Laureano Llanos, que sólo se muestra activa entre 1837 y 1841. Entendemos que se trata de esta la fundición encontrada, pues las otras fundiciones imputadas a Felix tienen el nombre de otros parajes alejados del que nos ocupa.

Las primeras instalaciones de beneficio, tras la eclosión de la minería alpujarreña hacia 1820, fueron muy rudimentarias, los denominados “boliches”, repartidos por toda la sierra. Poco a poco estos fueron desplazados por verdaderas fundiciones, como la de San Andrés, en Adra, pero también otras en puntos del interior. Estas últimas proliferaron especialmente a partir de 1836, cuando los precios del plomo remontaron tras unos años de estancamiento. Sin embargo, su existencia fue efímera pues utilizaban combustible vegetal, principalmente esparto y leña de encinas, y este empezó a agotarse, por la sobreexplotación. Se decía que, al principio, las fundiciones se situaban allí donde había minas, mientras que al final del ciclo minero del plomo, se ubicaban allí donde quedaba leña. Finalmente, los únicos establecimientos que sobrevivieron fueron los cercanos a la costa, que se podían abastecer fácilmente de carbón.

Volviendo a nuestra Fábrica de la Fuente de Molina, cabría pensar en la relación entre la situación de esta y las minas ubicadas frente a la misma. No obstante, dos hechos nos hacen pensar que no es así. Por un lado, la magnitud de las labores de estas minas no se corresponden con lo exiguo de la escombrera de herruras de la fundición. Por otro lado, se ha conseguido identificar a tales minas como la San Miguel, Sorpresa, Casualidad y San José Segundo, registradas todas ellas en la segunda mitad del siglo XIX, un momento en el cual las viejas fundiciones del interior de la sierra ya hacía tiempo que habían dejado de funcionar.

Sí que existen otras minas cercanas, aunque más dispersas y con escombreras de menor porte, que podrían haber abastecido en su momento de mineral a la fábrica. De hecho, hemos identificado la existencia de algunos registros mineros simultáneos a la época de actividad metalúrgica en el paraje, alguno de los cuales efectuado precisamente por Laureano Llanos, el titular de la Fundición (mina “Pantomima”).

La figura de Llanos es muy sugerente, como paradigma del adinerado hombre de negocios y político almeriense del siglo XIX, mereciendo al menos una somera semblanza. Nacido en Berja en 1800, todo el devenir de su familia va a ir ligado al bando progresista. Su padre fue un afrancesado que, tras regresar del exilio en 1820, se enriqueció rápidamente con la minería de Gádor. De la turbulenta juventud de Laureano conocemos gracias a la vehemente carta que publica a sus expensas en el B.O.P. de Almería de 27/07/1836, dando cuenta de todos sus servicios en el Cuerpo de Artillería durante el Trienio Liberal (1820-1823), su posterior persecución durante la Década Ominosa, sufriendo encarcelamiento y varios intentos de asesinato y, finalmente, su amnistía y actuación en defensa de la nueva reina Isabel II. En los años 30 Laureano se va a hacer cargo de los negocios familiares, ejerciendo también como administrador de la empresa del arriendo del jabón en el Partido de Almería, (B.O.P. 07/10/1835) y Alcalde de Felix (B.O.P. 09/12/1835). En 1837 es nombrado diputado, precisamente la época en que conocemos la actividad de la Fundición Fuente de Molina.

En 1840 fue tiroteado, resultando herido de gravedad en un brazo (B.O.P. 24/04/1841), y en 1854 formó parte de la Junta Revolucionaria, junto con otros liberales ilustres como Francisco Jover y el mismísimo Ramón Orozco. Fallece en 1859.

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Centrándonos en los restos de la Fundición, podemos distinguir una serie de elementos bien diferenciados, todos ellos construidos con piedras calizas del lugar, no habiendo encontrado elementos cerámicos, como ladrillos refractarios.

En el extremo sur se encontraría un horno de pequeñas dimensiones, y del que no ha quedado nada que pudiera identificar su tipología. Alrededor de este se esparce una escombrera de herruras. Algunas de las escorias contienen nódulos de galena, lo que podría ser indicativo de un deficiente procedimiento de fundición.

Horno

Escombrera horruras

Del horno parte, en dirección norte, una galería de condensación doble. Este tipo de galerías eran muy comunes en las fundiciones de plomo y su misión era, además de alejar los humos tóxicos, provocar su rápido enfriamiento, quedando restos de plomo en el techo, que podían ser aprovechados posteriormente.

Doble galería

A mitad del trayecto de la doble galería, en su lado derecho, hemos localizado una especie de pequeño serpentín o laberinto que en un rincón tiene una pequeña bóveda. Lo más parecido a esta estructura que hemos podido identificar es la “parrilla” de la Fundición Fuente de Godoy (“El Camino de las Fundiciones Reales”, de Agustín Sánchez Hita), si bien la nuestra es de mucho menor tamaño que esta.

Galería y serpentín

Bóveda en Serpentín

Tras unos metros de recorrido paralelo, ganando altura, ambas galerías se separan describiendo una especie de bucle mediante el cual se acaban juntando. No hemos encontrado ningún otro caso similar, ni adivinamos el sentido que tenía esa configuración del circuito de humos, en lugar del tradicional de galería terminada en chimenea, con más o menos longitud y curvas. Desde la salida del horno, los humos ascenderían por una pendiente continua pero muy suave, desde los 1352 metros de altitud del horno, hasta los 1365 que hay en el extremo más alejado del bucle. En su conjunto, la doble galería cuenta con una longitud total de 442 metros (sin contar el “serpentín”)

Bucle

Cerca del horno, pero separadas de la galería y el horno, están las ruinas de un edificio auxiliar, del que aún se conserva una ventana. De planta rectangular, mide 28 metros de largo por 8 metros de ancho, y cuenta con varias divisiones interiores.

Edificio Anexo

Del tipo de fundiciones establecidas en el interior, a diferencia de las más avanzadas ubicadas en la costa, se conoce poco. En realidad, vendrían a tratarse de boliches de mayor tamaño y mejor construcción. El tipo de horno solía ser el llamado “del país” o reverbero, aunque también podían contar con hornos castellanos. Esperamos que este trabajo sirva para que alguien pueda aportar más datos que contribuyan al conocimiento más fidedigno de un más que interesante elemento del patrimonio minero almeriense.

 

El Cable Aéreo del Colativí a Casas Fuertes

El Cable Aéreo del Colativí a Casas Fuertes fue, en su momento, uno de los más largos de Europa, con sus más de 18 kilómetros. Fue construido por el conocido ingeniero afincado en Almería Carlos Bahlsen para la Sociedad Minera Cordobesa de Sierra Alhamilla, en 1904, para transportar el hierro de las minas situadas alrededor del pico Colativí, el más alto de Sierra Alhamilla.
Hace varios años tuvimos ocasión de recorrer, en una de las míticas excursiones de Asafal, la zona de la tolva de carga del cable, y la cabeza del plano inclinado que subía mineral desde la vertiente norte de la sierra.

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Mucho menos conocidas son las tres estaciones intermedias del cable, que de abajo hacia arriba serían Terrones, Las Viñicas y Las Mañicas. De hecho, no nos constaba la existencia de fotografías de las mismas, ni siquiera su localización.
Nuestro reto del pasado sábado día 23/04/2016 fue localizarlas y documentarlas lo mejor posible. Finalmente conseguimos acceder a todas ellas, en una ruta cuyo tramo final revistió gran dureza.
La estación de Terrones está junto la carretera, poco antes de llegar a Cuevas de los Úbedas. Albergaba la máquina de vapor, y es la que mejor se conserva, puesto que se sigue utilizando como refugio de ganado. Se distingue perfectamente la chimenea de dicha máquina. También hay tres grandes balsas, suponemos para almacenar el agua necesaria para su funcionamiento.

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La de Viñicas era, como la de Terrones, también de ángulo, y en este caso este giro está perfectamente delimitado por sendos muros que, prácticamente, es lo único que queda en pie. Es difícil encontrarla sin antes localizarla por fotografía aérea. En mitad de estos hay un gran pozo, abovedado, que suponemos pueda tratarse de una captación de agua.

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La última estación antes del inicio del Cable era las Mañicas, la más inaccesible. Situada a 917 metros de altitud, al norte de la cortijada de las Mañicas, se construyó pensando configurarla también como estación de carga del mineral de las minas adyacentes. Se llega a ella desde una bifurcación a la izquierda poco antes del Cortijo del Albaricoque, hoy casa rural regentada por unos franceses. La pendiente es muy exigente, y es obligado subir a pie.

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Entre la cortijada de las Mañicas y la estación del Cable encontramos un rumbo minero (designación nacional del término inglés “round buddle”), una especie de era circular para triturado y centrifugado rudimentario del mineral.

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También una muy interesante escombrera con minerales de cobre (crisocola, duftita, malaquita, conicalcita…).

Conicalcita y crisocola Crisocola Las Mañicas - 2 Crisocola Las Mañicas Malaquita y posible conicalcita Malaquitas y duftitas

Minas de hierro de Cuevas Negras (Bayarque y Bacares)

En la ladera norte de la Sierra de los Filabres, en un paraje de montaña de gran belleza, visitamos un antiguo complejo minero repleto de galerías perfectamente transitables, y que conserva algunos interesantes restos de patrimonio industrial, obteniendo también bonitas muestras de minerales.

La mina de hierro “Cuevas Negras” fue registrada en 1872, con el número 5.383, por Emilio Riancho Sánchez, y se encuentra situada en la vertiente derecha del valle del Río Bacares, entre los términos de Bayarque y Bacares.

A principios del siglo XX es adquirida, junto con las minas de las Menas, por la compañía belga Mines et Chemins de Fer de Bacares-Almería & Extensions, fundada por Su Alteza el Conde de Caserta. Sin embargo, al encontrarse algo aislada del resto de sus explotaciones, los belgas arrendaron Cuevas Negras a la sociedad holandesa Wm. H. Müller & Co.”, que para su servicio instaló un cable aéreo hasta las inmediaciones de la estación de Tíjola, del Great Southern of Spain Railway (Ferrocarril de Lorca a Baza y Águilas).

La forma de explotación del coto minero está perfectamente detallada en la obra magna Criaderos de Hierro de Almería y Granada, Tomo II, de Ricardo Guardiola y Alfonso de Sierra (1926), cuyo plano de labores se adjunta.

Plano Cuevas Negras

Para atacar las grandes masas de hematites se abrieron dos rozas a cielo abierto y dos series de galerías a dos niveles. Las superiores estaban conectadas con las inferiores para sacar el mineral. Un complejo entramado de planos inclinados y tolvas bajaba el mineral hasta la estación de carga del cable aéreo.

Entre 1903 y 1910, fecha del cese de la explotación se extrajo de la mina la enorme cantidad de 367.260,32 toneladas de mineral. Finalmente, el cable aéreo fue vendido a la Sociedad Grasset Hermanos, y un tramo del mismo desmontado y vuelto a colocar en el cercano coto minero de Gran Coloso.

Se puede acceder a la mina remontando el río Bacares desde el puente que lo cruza más arriba de Bayarque, pero resulta muy dificultoso por los zarzales y la gran vegetación que hay que atravesar. Es preferible dejar el coche más arriba, y tomar a pie un camino de tierra que, tras bajar hasta el río, vuelve a subir dejándonos en la misma explotación. De la antigua casa de la Compañía quedan únicamente unas pocas ruinas.Bordeando un corral de ganado, subimos por el primer plano inclinado, hasta llegar al primer nivel.

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 De las cuatro galerías que nos vamos a encontrar sucesivamente, únicamente la segunda presenta interés mineralógico, concretamente unas goethitas espectaculares.

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En la primera, habita una nutrida colonia de murciélagos, a los que conviene no molestar. Las últimas, más al norte, son más cortas y no tienen nada reseñable.

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Subimos al nivel superior por el trazado de un gran plano inclinado, que en su momento estaba dotado de una doble vía. El peso de las vagonetas cargadas servía para subir las vagonetas vacías.

Una vez arriba nos encontramos en primer lugar con una gigantesca cantera a cielo abierto, en cuyo fondo hay una galería corta y sin minerales. La impresión que produce el enorme hueco es la de haberse producido por derrumbe de galerías inferiores. Desde los amigos de Armuña Geographic, nos apuntan que en estas minas hubo un derrumbe hacia 1915 ó 1916 que mató a unos 60 mineros que se encontraban allí trabajando. Sin embargo, en el estudio de Guardiola y Sierra no existe ninguna mención a ello. Por el contrario, señalan que la gran cantera no era de extracción de minerales, sino que “servía para el arranque de piedras para los rellenos de toda la mina”.

Sin embargo, el mayor atractivo de estas minas es fácil que nos pase desapercibido y, de hecho, eso es lo que estuvo a punto de sucedernos. Algo más a la derecha de la gran cantera, y oculta por un risco, se encuentra la bóveda que probablemente correspondiera a la denominada Cantera 1 ó 2. Estas fueron explotadas hasta que quedaron estériles. En realidad, se compone de dos cavidades, una mayor a la entrada, y otra menor descendiendo un nivel. De ambas parten varias galerías, de las que no hemos encontrado ningún mineral reseñable.

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Creemos que la adecuación de senderos, señalización de los elementos y la instalación de paneles explicativos sería una gran idea para fomentar el turismo en un área que, de por sí, ya resulta atractiva, con el contraste entre la vegetación caduca de ribera y unos magníficos encinares al otro lado del barranco que hace de límite de la zona minera.

Las Minas del Palaín: El oro inadvertido de Carboneras.

Una de las peores pesadillas de un minero, casi tan angustiosa como sufrir un derrumbe, sería la de haber rozado, sin saberlo, las riquezas de la tierra, y haberlas dejado escapar.

Algo muy parecido a esto es lo que sucedió, en tres épocas muy distintas, muy cerca del pueblo de Carboneras, una “fiebre del oro” que nunca llegó a suceder. Sí son tangibles, y en algunos casos muy interesantes, algunos restos de patrimonio industrial, de los cuales, a pesar de la escasez de datos, vamos a intentar su interpretación.

El paraje del Palaín, muy cerca de la barriada de la Islica, linda con las primeras estribaciones de la Sierra Cabrera, y se configura como una serie de colinas abruptas y no muy elevadas, surcadas por barrancos sinuosos en la ribera norte del tramo final del río Alías.

Hacia 1870, al final del denominado “ciclo del plomo” de la minería almeriense, el Palaín va a recibir la atención de numerosos registradores de concesiones mineras, alguno de ellos perteneciente a la saga empresarial más destacada de la provincia, como es el caso de los Orozco.

De todas esas minas, nos vamos a centrar en la denominada “Prusia”, nombre escogido con gran oportunismo por el garruchero Juan Salvador Segura, en plena guerra franco-prusiana. De las 16 concesiones localizadas en el paraje, esta fue la única que pidió una “demasía”, es decir, incrementar su superficie en terrenos adyacentes, sin llegar al mínimo legal exigido para una nueva concesión. En un panorama de “minería de papel”, en la que muchas veces no llegaba a moverse una piedra, limitándose la actividad a ser meramente administrativa, esta circunstancia era indicativa de que la mina sí había comenzado a extraer minerales, y se consideraba necesaria su ampliación. Será esta mina el objeto de nuestra visita, y la que alberga los restos más importantes.

Otras minas de plomo del Palaín fueron Los Alumbres (también de Juan Salvador), Hallazgo, La Observación, Librero, Morata o El Apéndice (estas dos últimas, de Ramón Orozco Segura, hijo del gran empresario y político liberal veratense Ramón Orozco Gerez).
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No disponemos de más datos sobre esta época de minería del plomo, pero debió ser muy efímera, por cuanto ya a final de la década de los 70, los Orozco comienzan a registrar en la zona minas de hierro (Desesperado, Enero, Febrero, Abril…)

Sin embargo, va a ser a finales del siglo XIX y principios del XX cuando asistamos a la reactivación de la minería en el Palaín. En la propia Estadística Minera Metalúrgica de España de 1901 se hace referencia a la existencia de diversos estudios de varias empresas en los criaderos de Carboneras. En pleno apogeo del “ciclo del hierro”, las antiguas concesiones plomizas del Palaín van a ser borradas por el impulso de los nuevos registros férricos. Y van a ser, de nuevo, grandes grupos familiares de empresarios los que aparezcan al socaire de la creciente actividad. Casi simultáneamente, los Herederos del industrial malagueño Guillermo Huelin por un lado, y la familia vizcaína Echevarrieta por otro, se van a lanzar a registrar numerosas minas en el término municipal de Carboneras, a través de sus agentes locales Juan José Clemente y Tomás Gangoiti, respectivamente. Muy pronto, los Huelin se van a apartar de la carrera, cediendo a los Echevarrieta el registro (entonces en plena tramitación) de la mina Rafael. Y, precisamente, esta mina va a coincidir casi exactamente con el lugar ocupado por la caducada mina Prusia (30 pertenencias mineras, de 100×100 metros, frente a las 24 pertenencias de la antigua). De hecho, el punto de referencia utilizado para fijar los límites de la mina Rafael va a ser “el cortijo derruido de la antigua mina Prusia”.

Cosme Echevarrieta Lascuráin fue el iniciador de la gran saga familiar vasca. Enriquecido, junto a su socio Larrínaga, con la explotación de minas de hierro en Vizcaya, su política era la de reinvertir sus beneficios en otras minas situadas en cotos más inexplorados, usando para ello una red de ingenieros y apoderados muy cualificados, que estudiaban las posibilidades de las distintas alternativas de inversión (DÍEZ MORLÁN, PABLO: Capital minero e industrialización. El grupo empresarial vizcaino “Echevarrieta y Larrinaga”,1882-1916) De entre todas estas inversiones, las que aportaron gran rentabilidad al grupo fueron las del Coto Fortuna, en Murcia, y las Minas de Ojos Negros, en Sierra Menera (Teruel), que precisamente acabaron siendo alquiladas al grupo de José Ramón de la Sota, el propietario de la Compañía Minera de Sierra Alhamilla, que a través del embarcadero de Aguamarga daba salida desde 1896 a los minerales de hierro extraídos de Lucainena de las Torres.

Las pretensiones de Echevarrieta en el Palaín debieron ser enormes, como se desprende del registro de la mina Bilbao, que ocupaba la desorbitada cantidad de 500 pertenencias mineras, además del registro Rafael (nº 24.500) y del homónimo Rafael (nº 24.462), el traspasado por los Huelin. También en Carboneras, pero en el paraje de Guijarralillo, era propietario de las minas Vizcaya y Nuevo San Andrés.

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El único dato que ha sido posible localizar sobre esta época, y de una forma bastante azarosa, es la referencia aparecida en el diario “Las Provincias de Levante”, de Murcia, del 20 de junio de 1902, que señala textualmente que “en la mina que explotan en el Palaín, término de Carboneras, los Sres. Echevarrieta y Compañía, de Bilbao, se ha cortado a los 100 metros de profundidad, otro nuevo e importante filón de piritas, blendas y galena”. Esta referencia alude, muy probablemente, al pozo que se haya en lo alto de la colina de la Mina Rafael, pues su diámetro es de unos 3 metros, y sus paredes están revestidas cuidadosamente de piedra, lo que es sintomático de su gran importancia.

Sobre el papel, deducimos que la inversión debió ser ruinosa, en vista de la ausencia casi exclusiva de referencias en todas las fuentes consultadas. En particular, apoyamos esta afirmación en el hecho de que ninguna de las minas de Echevarrieta (tampoco del resto de las del Palaín) aparece en las declaraciones trimestrales a efectos del pago del impuesto sobre productos mineros, y cuya publicación en el Boletín Oficial de la Provincia fue obligatoria entre 1880 y 1910. Sí aparecían otras minas de Carboneras, las ubicadas en la Serrata, que movieron grandes cantidades de mineral de hierro, como fueron Restauración, Venganza, Vulcano y, sobre todo, Leovigildo en el Cable.

En 1902 fallece Cosme Echevarrieta, heredando sus propiedades sus dos únicos hijos, Segundo Horacio y Amalia Echevarrieta Maruri. Una década después, los Echevarrieta volvían a estar presentes en las minas almerienses, mediante la sociedad Echevarrieta y Campbell, que explotó las minas de Beires.

Hacia los años 30 del siglo XX, el colapso de la minería almeriense es ya casi total, y habrá que esperar a mediados de los años 50 para asistir a los numerosos, pero insuficientes, esfuerzos por revitalizar el sector. Uno de estos proyectos tiene lugar en 1957 en el Palaín, cuando el abogado lorquino Rafael Cachá Espinar solicita el Permiso de Investigación número 39.240, “Mari Loli”, para mineral de hierro. La superficie es aún mayor que la de la antigua concesión “Bilbao” (1000 pertenencias”), pero en esta época este hecho no es tan significativo, pues con la figura del “Permiso de Investigación” el canon a pagar a la Administración era sustancialmente menor que en caso de la concesión definitiva, por lo que no era en modo alguno inusual una extensión semejante que, de hecho, incluye también los parajes Collado Blanco, la Molata y la Islica.

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Como hecho relevante, que refuerza la centralidad en la minería del Palaín del solar de las minas Prusia y Rafael, se va a tomar como punto de partida, de nuevo un punto apenas a 90 metros “de las ruinas del Cortijo que fue de la antigua mina Prusia”.

La Memoria Técnica del proyecto no aporta grandes novedades, señalando que “a finales del siglo XIX se hicieron trabajos para la búsqueda de mineral de hierro, con auge de la industria siderúrgica pero, debido a que el transporte de los minerales era el problema más difícil a resolver, decayó el interés de explotación”.

Como primera parte de la investigación, se pretendía reconocer el interior de las antiguas labores de las minas Rafael, Mi Capricho y otras, para posteriormente explotarlas racionalmente, con un presupuesto de 50.000 pesetas.

El Permiso de Investigación nunca llegó a la fase de Concesión, y en diciembre de 1960 la Administración declara su caducidad.

En definitiva, hemos recorrido casi un siglo de historia minera de la comarca, y en ningún momento aparece alusión alguna a la presencia de oro. La comarca de Rodalquilar, muy próxima, ha sido estudiada con profusión, y a lo largo del siglo XX han sido numerosos los análisis facultativos y mineralógicos. La primera referencia bibliográfica que se ha encontrado en la que se habla del metal precioso es el nº 109-5 del Boletín Geológico y Minero, de 1998. CASTROVIEJO cataloga el indicio del Palaí (sic) entre los del tipo de “formaciones de skarn con sulfuros”. Mineralógicamente se trataría de un tipo diferente al oro de Rodalquilar, y más semejante a algunos yacimientos de Asturias, los Pirineos o Badajoz (la mina de Cala, que producía oro comercialmente, como subproducto del hierro).

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Muy poco después, en 1999, nos encontramos con el primer estudio monográfico dedicado al yacimiento de Palaín, de CARRILLO-ROSÚA y otros (“Mineralogía y texturas del depósito aurífero de Palai”, en el nº 22 del Boletín de la Sociedad Española de Mineralogía). En el mismo atribuyen al depósito el carácter epitermal, asociado a diferencias bruscas de salinidad en fluidos subterráneos a temperaturas entre 250 y 300ºC en las inmediaciones de la importante falla de Carboneras. Atribuye importancia económica a las piritas, el mineral predominante, al oro, que aparece como nativo o en aleaciones con plata, y a esta última, si bien con menor importancia. Los mismos autores, desde la Universidad de Granada, van a publicar sucesivos estudios mineralógicos del yacimiento en 2001, 2002, 2003 y 2007.

Tenemos constancia, igualmente, del interés desplegado por la Universidad de Tübingen (Alemania) por el posible aprovechamiento económico del oro del Palaín, en el marco de un programa de investigación de recursos patrocinado por la Unión Europea, según referencia del estudioso Ebo Hellermann.

Por último, y para añadir un toque pintoresco a la historia (ignoramos si habrá sucesivos capítulos de la misma), en el momento de escribir estas líneas la mina se encuentra a la venta de quien quiera comprarla, por 200.000 euros (negociables). En el portal de Internet milanuncios.com se anuncia como “finca de 14 Has. con reserva de oro en el subsuelo, 340.000 Toneladas, a 1,94 ppm de oro recuperable, se aportan informes”.

Llegados a este punto, la pregunta es inevitable: ¿llegaron a conocer los mineros antiguos la existencia del oro? En tal caso, ¿calcularon que no sería rentable su explotación?. Probablemente, nunca habrá forma de saberlo, aunque quizás no esté de más dar unas pinceladas de cuál fue el proceso que hizo que la minería del oro sí cuajara en Rodalquilar, muy cerca de Carboneras.

Siguiendo a SÁNCHEZ PICÓN (La quimera del oro. Visionarios locales, negocio privado e inversión pública en unas minas del sureste de España. Rodalquilar, 1883-1966), “la constatación de que en la sierra del Cabo de Gata en Almería existía oro suficiente para acometer una explotación industrial de los criaderos de cuarzo que lo albergaban, fue un proceso largo que se extendió entre las décadas de 1880 y 1920, tras algunos años de laboreo de los minerales de plomo. Esa larguísima etapa de titubeos se concretó en más de cuarenta años de pruebas, ensayos y proyectos con los que algunos visionarios trataban de romper el muro de escepticismo que rodeaba con frecuencia a las noticias del oro de Cabo de Gata”.

Cuando Sánchez Picón habla de visionarios se refiere en primer lugar a Juan López Soler, capataz de minas formado en Escuela de Capataces de Minas y Maestros de Fundición de la provincia de Almería que empezó a funcionar en Vera en 1890.

En 1897 un tío materno de Juan López Soler, Diego Soler Torres, se haría cargo del arrendamiento de la mina Las Niñas, (…) y donde se habían detectado desde la década de 1880 las primeras trazas de la existencia de oro”. Oficialmente, la existencia de oro en Rodalquilar no fue confirmada por el Instituto Geológico hasta 1924, pero se pensaba que su explotación no sería económicamente rentable. El cuarzo aurífero se vendía como fundente a la fábrica Santa Elisa de Mazarrón. Más tarde, se hizo cargo de la Mina María Josefa, embarcándose por su cuenta en la aventura de la metalurgia, abriendo paso a los proyectos más ambiciosos que vendrían después.

Puede que en Carboneras faltara un Juan López Soler, o que entonces no se contaran con los medios técnicos para detectar la presencia del precioso metal. En cualquier caso, aquí nunca pudo llegarse ni siquiera a la quimera del oro.

Tras el recorrido por la Historia, nos centramos en la visita a los restos de patrimonio industrial, absolutamente recomendable y de muy fácil acceso. Se recomienda dejar el vehículo en la Islica, cerca del cauce del río Alías. Remontando este unos 170 metros hacia el interior, a la derecha tomamos un pequeño carril de tierra que en apenas 500 metros nos deja en el complejo minero Prusia/Rafael. Conforme vamos por ese camino, paralelo a una pequeña rambla, nos asombra la sorprendente similitud del paisaje con el del Cerro del Cinto, el epicentro de la última minería de Rodalquilar.

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Llegados a las instalaciones, nos recibe un intenso olor a azufre, mientras caminamos por una explanada donde literalmente vamos pisando gruesos granos de piritas. Estas son aún más abundantes en las escombreras grises. En lo más alto de la colina, está la boca del pozo, bien cercado, y de imponente aspecto.

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Además de las ruinas de un edificio (previsiblemente, el cortijo de la vieja mina Prusia), es inconfundible una gran balsa, y a un nivel inferior a esta, dos “piscinas” con un entramado de canales. Sin duda, se trata de un lavadero de piritas. Lo sorprendente es que las piscinas son cuadradas, y los lavaderos de piritas de otras zonas mineras eran circulares en esa época, hasta la aparición posterior de los de flotación diferencial, para remover la pasta triturada con una pala giratoria (los denominados “rumbos”).

Al otro lado del complejo, vertiendo a otra rambla, econtramos más escombreras y una galería de unos 15 metros, con bonitas paredes de cuarzo blanco. Los yesos son también muy abundantes.

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Al noreste del complejo hay otro pozo, de igual factura que el primero, pero aparentemente de menor profundidad, del que en la actualidad se extrae agua (muy posiblemente, un yacimiento hidrotermal).

Fotos de algunos de los minerales encontrados:

2015-10-06_19-22-41 M=B R=8 S=4 (1) Pirita Burdeos Pirita plateada

La cercanía al núcleo urbano de una localidad tan turística como Carboneras, y los valores históricos y paisajísticos del paraje, reclaman a gritos que las Administraciones competentes muestren interés por preservar, investigar y difundir el Patrimonio Industrial del Palaín y su fallida “fiebre del oro”.