50 años después, vuelve a sonar la campana en el Pozo del Carmen

Habiendo nacido en 1943 en el Cortijo La Granaína, junto al Pozo del Carmen, la vida de Juan López no podía girar sino en torno a las minas. Cerca de veinte años trabajando en galerías, pozos y lavaderos de Fondón, Berja y Laujar lo convierten en un libro abierto sobre la historia de la minería almeriense del siglo XX.
 
Damos con él de forma casual, tras introducirnos subrepticiamente en su finca para fotografiar el majestuoso castillete metálico de la Mina La Granaína, en las cercanías de Fondón. En lugar de reprendernos, Juan nos acoge amablemente, y nos deleita con una visita guiada por todos los rincones de esta singular mina de plomo. Una hora con un minero de los de verdad nos aporta más información que mil expedientes administrativos de minas.
 

Al pie del castillete, nos explica que el pozo maestro tiene una profundidad de unos 120 metros, con dos galerías perpendiculares en sendos pisos. El segundo piso está totalmente inundado, según un estudio de de la Agencia del Agua, hasta aproximadamente los 100 metros. Las labores buscaban siempre la dirección sureste, y las cavidades que se horadaban en busca de la galena eran gigantescas, al punto de que las luces de los carburos no llegaban a los techos.

 
Varias empresas se sucedieron entre los años 50 y 60, siendo la última la cántabra Leopoldo Bárcenas S.A., hasta su cierre definitivo hacia 1966. El mineral extraído, galena, se enviaba, en un primer momento, hasta el lavadero de la Solana de Almócita. Al cerrar este, pasó a utilizarse el de Martos, en Laujar de Andarax, para acabar finalmente llevándolo al gigantesco lavadero del Segundo, en Berja.
 
La forma de prolongar un frente de extracción era la usual de abrir agujeros con una barrena, e introducir los explosivos (“la pega”). Se solía hacer a eso de las 14:30, cerca del fin de la jornada laboral, dejando un día de margen para volver a entrar en la mina, por cuestión de seguridad.
 
Era el turno de los picadores, para desmenuzar los grandes bloques de piedra. Se usaban martillos que funcionaban con aire comprimido, cargando el material extraído en vagonetas, que subían al exterior por una de las dos jaulas, que funcionaban por oposición (una subía, mientras la otra bajaba a la par). Los estériles se arrojaban por una vía en dirección norte, y el mineral se cargaba en camiones.
 
Hoy en día sigue sumergida, al fondo del pozo, la bomba de achique de agua. Una tubería la canalizaba para permitir el riego de bancales cercanos. Al parecer, la calidad de la misma era excepcional, a pesar de circular a través de depósitos de un metal pesado.
 
Cuando fallaba el motor, los mineros tenían que salir por una boca alternativa que había hacia el sur, hoy derrumbada. Juan no recuerda accidentes graves, con excepción de la fractura de la pierna de un minero al que le cayó encima una piedra de grandes dimensiones.
 
El castillete es formidable, el único que se conserva íntegro en toda la provincia de Almería. Escuchando las explicaciones de Juan, no cuesta trabajo escuchar con la imaginación el ruido de los engranajes y las poleas funcionando como si nunca se hubiesen detenido. La casa de motores guarda toda la maquinaria, milagrosamente salvada del chatarrero. Juan nos explica cómo funcionaba el freno, y nos enseña los dos generadores de aire comprimido, el segundo de los cuales nunca llegó a funcionar. Peor suerte ha corrido la caseta de control, hoy totalmente desprovista del panel de instrumentos.
 
La memoria de Juan se ensancha cuando le nombramos minas míticas de la Sierra de Gádor, y nos confirma que él trabajó dentro de la Mina La Tolva de Laujar o del Pozo Lupión de Berja. Sus ojos brillan de emoción cuando le mostramos fotos de nuestra visita a La Tolva, hoy en un estado deplorable y más que peligroso.
 
Antes de marcharnos, nos indica la situación de minas cercanas, como el Pozo Patrocinio o la llamada Mina del Instituto. Pero lo mejor estaba por llegar. Tras explicarnos el código de comunicación entre el interior y el exterior de la mina, por medio de una especie de campana metálica, Juan efectúa una demostración práctica del mismo, que no dudamos en inmortalizar. Con la carne de gallina, nos despedimos con un abrazo y resistiéndonos a pensar que nos habíamos encontrado con Juan solo por casualidad.

 

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Una báscula de Birmingham, dos tolvas “fantasmas” y el Coloso de Bayarque…

A espaldas de Calar Alto, entre bosques de pinos y encinas, esconden sus secretos algunas de las minas de hierro más productivas de Almería.

El paraje del Cortijuelo, en Bacares, da nombre a un cable aéreo que llevaba las vagonetas de mineral hasta el cargadero de la estación de Serón, en la línea de ferrocarril de Lorca a Baza y Águilas, el mítico Great Southern of Spain Railway (GSSR). La zona del viejo poblado minero y las casas de la compañía The Bacares Iron Ore Mines Ltd. son bien conocidas. Allí confluían vías desde las minas Beltraneja y Grajas, con labores de excepcional belleza, aunque peligrosas.

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Sin embargo, el cable tenía su extremo más lejos, hacia el sur, recogiendo mineral de otros dos grupos mineros de los que no existía ninguna referencia gráfica, y solo alguna vaga referencia escrita. Para ello hay que remontar un tramo muy abrupto de sierra. El primer grupo es el de San Ignacio, con su tolva de piedra que casi pareciera estar  recién construida. Una vía minera debía unirla con varias galerías que hay en sus inmediaciones.

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Un kilómetro más allá, en el fondo del Barranco de la Huertezuela encontramos semioculta por los pinos la no menos monumental tolva de la Mina Francia. Al ser punto final del recorrido de las vagonetas, estas efectuaban allí el bucle de retorno, pudiendo observar la forma del mismo en el gran muro adosado a la tolva. Aquí no hay galerías, sino un gigantesco tajo a cielo abierto. Una cicatriz en la montaña que en su momento alojó un gran filón de óxidos de hierro, ya totalmente extraídos.

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Al otro lado del imponente Cerro del Layón, en el barranco del mismo nombre, visitamos la cantera que constituye las labores de la mina Gran Coloso, calificativo que no puede resultar más acertado a la vista de sus dimensiones. Nos encontramos ya en el término de Bayarque, y el fondo del barranco nos ofrece la vista de preciosas alamedas y un riachuelo de aguas cristalinas. Por medio de dos planos inclinados, el mineral bajaba hasta una tolva de carga, desde donde partía un cable aéreo hasta un cargadero situado cerca de la Estación del ferrocarril de Tíjola. El primer tramo del cable era común con el que procedía de las minas de Cuevas Negras. De hecho, el de Gran Coloso era el mismo que el de Cuevas Negras, del que se desmontó un tramo cuando se agotaron dichas minas. De las dimensiones colosales de la cantera habla que se extrajeron un total de 166.000 toneladas de mineral de hierro.

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En algún punto de estos grupos mineros, que no vamos a desvelar para evitar el expolio por parte de desaprensivos, hemos encontrado los restos metálicos de una vieja báscula minera. Por encima de ella pasaban las vagonetas cargadas de mineral, y se calculaba su peso. Se trata de una gran plancha, seguramente cortada a la mitad cuando se desguazaron las instalaciones. La marca del fabricante aparece en relieve, y es W&T Avery, de Birmingham. Una extraordinaria muestra de patrimonio industrial, que ojalá algún día pudiese ser rescatada y exhibida en un Museo del Ferrocarril y la Minería en Almería.

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Coto minero Los Malagueños (Gérgal)

Al norte del pueblo de Gérgal, cerca de la aldea de Las Aneas, se encuentra el coto minero Los Malagueños, uno de los tres principales que se explotaron desde finales del siglo XIX en el municipio, junto con el de Cerro Soria y Cerro de Enmedio.

De todos ellos, el de Malagueños fue el menos importante, y de vida más efímera, solamente entre 1897 y 1910, pese a lo cual aún hoy encontramos restos identificables de la explotación minera.

 

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Gestionado por la compañía El Salobral, radicada en Cádiz, consistía básicamente en la extracción del mineral de hierro de un filón de unos dos metros de potencia, que desde la Rambla del Manco ascendía en dirección Sureste-Noroeste, atravesando las concesiones Malagueños, su Demasía y La Fe.
En un primer momento se atacó el filón desde la galería San José, a unos 970 metros de altitud sobre el nivel del mar, cuya entrada no hemos podido localizar, previsiblemente a causa de alguno de los numerosos derrumbes. No obstante, también debió explotarse el filón a cielo abierto, pues los tajos son de bastante consideración, ofreciéndonos espectaculares paredes repletas de goethita irisida (óxidos de hierro).
Conforme se iba descendiendo, se construyó otra galería, llamada de la Báscula, a unos 936 metros de altitud, que sí hemos conseguido localizar, aunque se encuentra enrejada, siendo propiedad particular.
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Será en estos niveles inferiores en los que comencemos a identificar otros restos de interés. El nombre de la galería de la Báscula obedece a una pequeña construcción que nos encontramos justo al borde del camino, y que presenta los huecos de dos puertas enfrentadas entre sí. Era la báscula por la que entraban y salían las vagonetas, pesándose el mineral.
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Más abajo, justo en el cruce de la rambla con el camino se encontraba la estación de ángulo del Cable Aéreo de Gérgal. Este fue proyectado en 1900, por la sociedad inglesa The Gergal Railway and Mines Co. Ltd., de Thomas Morell, con un recorrido de unos 4 kilómetros entre la estación de Cruz de Mayo, en las afueras de Gérgal pueblo, y la tolva de carga de Cerro de Enmedio, con un ramal a Cerro Soria. El mineral que llegaba a Cruz de Mayo era volcado a un ferrocarril de vía estrecha de unos 7 kilómetros de recorrido, que terminaba en la Estación de Gérgal, de la línea general de vía ancha de Linares a Almería.
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El cable no era especialmente sofisticado, y la estación de ángulo de Malagueños era de madera y de hierro, por lo que no ha quedado nada identificable de ella. Sí quedan las ruinas de la casa de máquinas, que estaba justamente adosada a ella. A lo lejos, en dirección este, vemos la formidable trinchera que cortaba uno de los cerros que se interponían en el camino del cable hasta Cerro de Enmedio.
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Ya casi agotado el filón, la compañía se encontró con un nuevo problema, el afloramiento de agua en las galerías. Por ello, construyó pozos de desagüe, llegando a construir incluso una central eléctrica. Estimamos que la gran galería inclinada que hay en el lado norte de la rambla, perfectamente enlucida, era uno de estos desagües. Frente a ella hay una gran tolva doble, de origen incierto, aunque el remate de ladrillos modernos nos sugiere una construcción o aprovechamiento muy posterior, quizás en los años 50 del siglo XX.
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Goethita irisada (óxido de hierro). Filón del Coto Malagueños (Gérgal)

Tras el Uranio de Almería

¿Hay uranio en Almería? Teóricamente no debería, pues este mineral se presenta básicamente en suelos de granito, ausentes en nuestra provincia. Sin embargo, la riqueza mineralógica de la Región de Almería es tal, que de forma sorpresiva también nos encontramos con un extrañísimo afloramiento de minerales de uranio cerca de los Baños de Sierra Alhamilla. Y se trata, precisamente, de esa cercanía a las aguas termales lo que ha permitido esta anomalía.
Hace ya muchos años escuché hablar de un coleccionista de minerales que tenía un ejemplar de pechblenda (óxido de uranio), etiquetada como procedente de los Baños de Sierra Alhamilla, pero sin que esto pasara más allá de la anécdota.

En la literatura científica, en un primer momento, únicamente encontramos una vaga cita relativa a la presencia de uranio en Sierra Alhamilla en el número 2, volumen 8, del European Journal of Mineralogy (1996), de B. Goffé y otros.

No será hasta julio de 2015 cuando aparezca la referencia más concreta hasta el momento. Un breve “estudio preliminar” del Grupo de Investigación de Geología de la Universidad de Murcia, disponible en la dirección http://www.ehu.eus/sem/macla_pdf/macla20/Macla20_023-24.pdf , avanza la posibilidad del hallazgo de metaheinrichita y arsenovanmeersscheita, siendo la primera cita de ambos minerales en la Cordillera Bética, y la segunda en España. Además, desvela que el indicio se encuentra en la Mina Descuido (Pechina), cerca de los Baños de Sierra Alhamilla. Esperamos que este trabajo se complete y alcance pronto el carácter de definitivo.

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Esta mina es bien conocida en los ambientes mineralogistas, y sus especiales características ya la hacen, por sí sola, merecedora de una visita, pero encontrar el uranio ya sería conseguir el “premio gordo”.

La mejor forma de describir la mina es como la de un intrincado laberinto de galerías, cámaras, trancadas y pozos. Más que seguir un filón, los mineros buscaban bolsadas de óxidos de hierro (hematites). Para sostener los huecos provocados por la extracción del mineral encontramos tanto el recurso al relleno con escombros, como la técnica de dejar pilares sin explotar (“llaves”).

Afortunadamente, uno de los miembros de nuestro grupo ya había estado en el punto exacto donde se sospechaba que pudiera encontrarse nuestro objetivo, y nos guió de una forma asombrosa entre tortuosos pasillos y pronunciadas rampas, escogiendo siempre la opción correcta entre las numerosas bifurcaciones.

Básicamente, la idea es buscar siempre la parte más profunda de la explotación. Precisamente por eso, entramos por la boca sur de la mina, la que da al Barranco Hondo, y la que se encuentra a menor cota de las tres existentes.

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Al poco de entrar, comenzamos a descender, a veces en zig-zag, sin apenas encontrar algo que aproximadamente pudiese llamarse “galería principal”. A medida que bajamos, comprobamos la escasez de oxígeno y el aumento de la temperatura. Para mayor incomodidad, el olor a guano (excremento de murciélagos) se hace a veces muy intenso, resultando aconsejable el uso de mascarilla. Paradójicamente, únicamente nos encontramos con un ejemplar de estos quirópteros, al que dejamos dormir plácidamente, sin incomodarlo. Junto a él, y a nosotros, los únicos animales dentro de la mina son una legión de escarabajos cavernícolas, muy activos.

La fama reciente de esta mina no estaba ni en el hierro ni en el uranio, sino en la barita. Al parecer, algún o algunos vendedores de minerales descubrieron unas formaciones espectaculares de esta, inundando el mercado de ellas. La rapiña ha debido ser absoluta, pues en nuestro recorrido apenas pudimos encontrar algún ejemplar, y un formidable filón a una altura que lo hace inaccesible.
Cuando ya estamos bastante abajo, vemos que los techos de las cámaras se encuentran plagados de yesos, de color blanco inmaculado, y en forma de bolas. Sin embargo, y a pesar de buscar con bastante detenimiento, seguimos sin dar con el esquivo uranio.

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Lamentablemente, lo que sí encontramos por toda la mina son botellas, latas y papeles de periódico, indicios de las intenciones meramente depredadoras de algunos de los que nos precedieron. La sospecha se confirma al toparnos con ¡una escalera de aluminio! semiescondida dentro de un estrecho hueco.

Finalmente, al llegar al fondo, unas minúsculas tonalidades amarillas dentro del yeso nos advierten de que podemos haber logrado el objetivo. Con mucho cuidado, extraemos algunas muestras cuya cristalización apenas podemos distinguir con la pequeña lupa de campo.

Salir de la mina sería toda una odisea, si no fuera porque otro miembro del grupo ha tenido la genial idea de utilizar pequeñas barritas fluorescentes de las empleadas para pescar, para marcar todas las bifurcaciones durante el viaje de ida. Reencontrarse, a medida que vamos ascendiendo, con el oxígeno perdido, nos hace darnos cuenta de la escasez del mismo en la parte baja de la mina.
De vuelta en los Baños, tras recorrer el trazado de la vía minera (túnel incluido) que llevaba el mineral de hierro hasta la gran tolva, ni siquiera los 60ºC a los que brota el agua son suficientes para quitarnos el barniz de polvo de hierro que llevamos adherido.

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Tampoco es suficiente para hidratarnos toda la cerveza que somos capaces de beber en el bar de nuestro buen amigo Pepe el Rubio, dando buena cuenta de unas tapas de migas y gachas tan almerienses como ya lo es el escaso uranio que llevamos en las mochilas.

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Conviene resaltar que, en esas cantidades, el mineral es inocuo, lo cual no quiere decir que, como ocurre con otras sustancias, no haya que guardar un mínimo protocolo de higiene, lavándose sistemáticamente las manos después de manipularlo.

Estudiadas las muestras al binocular, comprobamos que en la mayoría de ellas únicamente se adivinan pequeñas coloraciones amarillas impregnando el propio yeso. En unos poquísimos casos sí se aprecia la cristalización del mineral, en forma de minúsculas agujas peludas. Comparadas con los minerales descritos en el trabajo de la Universidad de Murcia, no parecen corresponder con ninguno de ellos. Llegados a este punto, entra en juego la impagable labor de un gran amigo de nuestro grupo, el profesor catalán jubilado Adolf Cortel Ortuño, de ascendencia almeriense (Escúllar), y gran experto en el análisis de minerales. De una forma extraordinariamente minuciosa, utilizando un instrumental sofisticado, y mediante un proceso magistralmente descrito en este post del Foro de Mineralogía Formativa (www.foro-minerales.com/forum/viewtopic.php?p=132715#132715) , llega a la conclusión de que el mineral encontrado es abernathyita, un rarísimo arseniato de uranio, que constituye la primera cita en España, y una de las escasas en toda Europa.

 

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Satisfechos del extraordinario hallazgo, únicamente nos queda lamentarnos de la casi absoluta falta de aprovechamiento del ingente patrimonio minero de nuestra provincia. Con una inversión relativamente pequeña podrían ponerse en valor minas tan fascinantes como esta, de forma análoga a como en la vecina Murcia se ha hecho con la mina de piritas “Agrupa Vicenta”, un referente en el turismo minero que atrae todos los días a cientos de visitantes.

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En el siguiente vídeo intentamos transmitir las sensaciones experimentadas en el recorrido, debiendo matizar que cualquier posible visita ha de ser efectuada con la máxima precaución, acompañados de personas experimentadas, y contando con el instrumental adecuado. No se trata de una mina peligrosa, pero es extremadamente fácil perderse y pasar serias dificultades para salir.

 

 

 

Minas de Macaruco (Gádor)

Pese a que la minería por antonomasia en el municipio de Gádor ha sido la del azufre, desarrollándose una importante y muy prolongada actividad extractiva y fabril, existen testimonios de actividad minera ligada a otros metales, como el plomo o el cobre, e incluso de un curioso y enigmático episodio de extracción de lignito.

En esta ocasión nos vamos a centrar en el paraje de Macaruco, un árido y escarpado conjunto de ramblas y barrancos al sur del coto de azufre de Las Balsas. Remontando la rambla del mismo nombre llegamos a las ruinas del Cortijo Ochotorena, algunas de cuyas paredes conservan aún la tradicional pintura azul mediterránea. Es en sus inmediaciones donde confluyen la rambla de Macaruco y la de las Balsas y, entre ambas, se yergue majestuoso el Cerro de las Minas. El laboreo ha debido ser históricamente muy intenso, pues se encuentra plagado de escombreras gigantescas.

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En el cerro sitúa el Instituto Geológico y Minero de España (IGME) un indicio de plomo, con galena como mineral principal y con el interrogante de la posible existencia de sulfuros y carbonatos de cobre.

Cabría pensar, en un primer momento, que el grueso del laboreo se corresponde con la época de explotación masiva del plomo de la Sierra de Gádor, a partir de la década de 1820, cuando tiene lugar la liberalización de la minería. Sin embargo, un curioso documento reproducido en un períodico de finales del siglo XIX aporta una perspectiva más que sugerente. La propia circunstancia de dicha publicación resulta pintoresca, y no nos resistimos a citarla.

A principios de 1883 el diario almeriense La Crónica Meridional sirvió de tribuna al debate epistolar entre un suscriptor del mismo y D. Rafael Sánchez Rosales, a la sazón alcalde de Gádor. El motivo de la polémica eran las pretensiones de los municipios de Gádor y Enix por la jurisdicción sobre el paraje de los Charcones, limítrofe entre ambos. El anónimo suscriptor concluyó una de sus cartas insinuando que el tío del Alcalde de Gádor tenía mucho que explicar sobre unos terrenos en la Redonda de Macaruco. Muy ofendido, Sánchez Rosales replicó en su condición de sobrino, que no de Alcalde, transcribiendo literalmente la escritura de propiedad de la finca de su tío en el paraje de Macaruco. Dicho documento databa del 22 de octubre de 1817 y, en su parte expositiva, se describe prolijamente la finca y sus linderos y, en particular el ya entonces denominado “cerro de las minas”. Habida cuenta de que la eclosión minera de la Sierra de Gádor comenzó más tarde, y en un primer momento únicamente en la parte occidental, cabe deducir que el paraje, probablemente, hubo de ser explotado o bien en la época del Estanco (siglo XVIII), o bien en época romana. Lamentablemente no hay más datos que aporten luz sobre la cuestión, si bien cabe resaltar que el Camino de las Fundiciones Reales pasaba muy cerca de allí, pudiendo transportar de una forma relativamente fácil la galena hasta Alcora para ser fundida.

Lógicamente, el impulso minero del siglo XIX también debió llegar a esta zona, como en toda la parte oriental de la Sierra, principalmente a partir de la mitad del
siglo, y aunque ya hubiera minas en el pasado, las grandes escombreras deben datar de esta época.

Entre estas, hemos localizado las siguientes: San Ezequiel (1858), Desesperación del Gallo (1874), Santa Rosa de Lima (1861) y El Águila Rapiña (1911).

Sin embargo, el destino de nuestra excursión no iban a ser las exuberantes minas de plomo del Cerro, sino una modesta mina de cobre, de la que no constaba su localización exacta. Entre los casi mil expedientes de concesiones mineras del municipio de Gádor posteriores a 1861 obrantes en el Archivo Histórico Provincial, nos fijamos en la denominada “Mina Segunda Parte”, al ubicarse en la llamada Redonda de Macaruco y tratarse de un mineral relativamente escaso en la comarca. Huelga decir que, estando muy próximos al poblado de la Edad del Cobre de Los Millares, cualquier indicio de este mineral encontrado dentro de su radio de acción puede resultar interesante.

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En febrero de 1907 D. Ángel Ochotorena y Trujillo solicita veinte pertenencias mineras, en terrenos de Dª Dolores Trujillo. El 13 de marzo de 1908 tiene lugar el Acta de demarcación, tomando como punto de partida una excavación junto al denominado Barranco de Poca Leche, con enfilaciones visuales a la Loma de la Mula, Cerro Alfaro y Mesa Contrata, recibiendo el número de registro 30036.

Nada se sabe de esta mina hasta que, curiosamente, el 29 de septiembre de 1908 tiene lugar la solicitud de una concesión minera con el mismo nombre, para el mismo mineral y en los mismos terrenos, pero esta vez a nombre de Fausto La Gasca Rull, químico de 30 años de edad. Presumiblemente, el anterior registrador no efectuó el preceptivo pago del registro, quedando libre y registrable de nuevo, circunstancia aprovechada por La Gasca. El Acta de demarcación tiene fecha de 14 de febrero de 1909, y se le asigna el número de registro 31033. Siendo el plano indudablemente el mismo que el de la anterior concesión, el barranco recibe ahora, sin embargo, el nombre de La Zorra.

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En ningún mapa actual ni histórico hemos encontrado referencia alguna a estos topónimos, pero del estudio de las visuales, y del relieve señalado en los planos, creemos haberla localizado en las coordenadas UTM 540055 E 4084040 N. La mina en sí es de unas dimensiones más que modestas. Apenas un tajo vertical, buscando sin duda alguna el filón de cuya existencia dan fe numerosas vetas azules y verdes, profundizando apenas cinco metros, y terminando en dos pequeñas cavidades.

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Al otro lado del barranco pueden verse también piedras con minerales cobrizos, pero mucho más dispersas que en las inmediaciones de la mina.

En las proximidades de la mina hay también un soberbio horno de cal, en excelente estado de conservación, y apuntalado por dos contrafuertes de gran porte.

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Mineralógicamente, hay que decir que la mina resulta interesante, habiendo confirmado la existencia de malaquita, azurita, conicalcita, duftita y hemimorfita, aunque existen otros minerales pendientes de analizar.
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AMIGOS DEL PATRIMONIO GEOMINERO ALMERIENSE (APGA) 2016

 

El Coto Peón, las minas del Chive (Lubrín)

Durante varias jornadas, hemos explorado una serie de espectaculares minas y explotaciones a cielo abierto de mineral de hierro en la Sierra de la Atalaya, cerca del Chive, una pedanía de Lubrín (Almería). El estudio de la mismas concluye que todas ellas constituían una curiosa unidad de producción vinculada a la familia Peón, prolongada a lo largo de varias décadas. Analizaremos su trayectoria histórica y nos recrearemos narrando la extraordinaria experiencia de recorrer sus enormes bóvedas y pasillos, intactos después de décadas de inactividad.

Lubrín es un municipio situado al este de la Sierra de los Filabres, con una historia minera muy interesante, pero poco conocida y aún menos estudiada. A pesar de la riqueza y variedad de los criaderos, su situación alejada de la costa y de los ferrocarriles y cables aéreos que daban salida a los minerales de las principales explotaciones, le impidió jugar un papel relevante en el panorama extractivo de la provincia.

Paradójicamente, fue mientras la minería almeriense daba sus últimos coletazos cuando Lubrín asistió a su apogeo, a finales de los años 50, y hasta bien entrados los años 60 del siglo XX.

Mineralógicamente, lo más peculiar del término municipal es la gran abundancia de granates, incrustados en rocas micáceas. También encontramos amianto (asbesto), que fue objeto de extracción y procesamiento en la pedanía de El Marchal, episodio que merecería otro estudio monográfico. Sin embargo, lo más significativo ha sido la explotación del mineral de hierro, concentrada en el paraje de Las Moletas, lindando con los ricos criaderos de Bédar, y sobre todo, en la pequeña Sierra de la Atalaya, entre el pueblo de Lubrín y la pedanía de El Chive. A esta zona le vamos a dedicar nuestro pequeño estudio, reconstruyendo algunos momentos de su dilatada historia y destacando las enormes posibilidades de uso turístico o pedagógico de alguna de sus minas.

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Historia

El Coto Minero Peón está constituido por 13 concesiones mineras que, prácticamente, abarcan toda la superficie de la vertiente sur de la Sierra de la Atalaya. El elemento aglutinador de todas estas minas fue el empuje emprendedor de D. Segundo Peón Moreno entre finales del siglo XIX y principios del XX.

La actividad minera del señor Peón en La Atalaya aparece documentada por primera vez en 1898, cuando registra las concesiones Araceli y Victoria. Esta última, tras su demasía (ampliación) tenía unas dimensiones colosales para la época, 66 pertenencias mineras (cada pertenencia es un cuadrado de 100×100 metros). Un año antes también había sido titular de otra mina de hierro entre Alsodux y Alboloduy. Ese mismo año de 1898 le compra a su suegro, León Ramírez Egea, la mina Iluminada.

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No obstante, es en 1900 cuando inicia una frenética actividad de adquisición de minas a lo largo de esta pequeña sierra (La Unión y mi Genoveva, La Recompensa, Las Rozas Bilbaínas, El Triunvirato, María Teresa, El León Bravo y Virgen del Pilar). Merece la pena detenerse en estas tres últimas, que a la postre, resultaron ser las más productivas. La forma de adquirirlas fue por partes. El 23/02/1900 compra a José García Sueca el 10% de ellas, y el 06/04/1900 hace lo propio con el 90% restante, del que eran titulares Clara Gorostegui Arrantia y los hermanos Agustín y Valentín Iza Rementería. Entendemos que esta última parte es la herencia que les correspondía del industrial vizcaíno Fernando Iza, del que consta la existencia de tratos mercantiles con Víctor Chávarri, uno de los mayores inversores foráneos en las minas de Bédar de la época.

Lo más curioso es que, tanto Virgen del Pilar como El León Bravo, habían sido registradas por primera vez en 1880, precisamente, por el suegro de Segundo Peón, que posteriormente debió haberlas vendido.

Ya en 1907 se completa el coto minero con la adquisición de San Antonio y San Miguel, manteniéndose las 13 minas como una explotación conjunta a lo largo de varias décadas.

Sin embargo, no aparece ninguna mina de Lubrín en las declaraciones de los mineros publicadas en el B.O.P. a efectos del pago del impuesto entre 1889 y 1910, fechas en la que era obligatoria tal circunstancia. Esto puede ser indicativo o bien de lo escaso de su producción o de la magnitud del fraude fiscal, o de una mezcla de ambas. No hay que perder de vista que se trataba de una comarca que se encontraba fuera de los grandes cotos, y que no disponía de ningún medio de transporte moderno para el mineral de hierro, bien fuera ferrocarril, cables aéreos o planos inclinados, a diferencia de lo que sucedía ya en la práctica totalidad de la provincia. De hecho, este período coincide con el ciclo expansivo por antonomasia de la minería del hierro almeriense, apoyado en la demanda sostenida y en los buenos precios.

La única referencia bibliográfica que hemos encontrado respecto a las minas de municipio es la mención genérica de Andrés Sánchez Picón en La Minería del Levante almeriense a la participación de la compañía francesa POMAN, fundada en 1893, y que trabajó minas de hierro en Lubrín. En el mismo trabajo se recoge una cita de El Minero de Almagrera de 1883, sobre la participación de la compañía alemana Stolberg & Westfalia en diversos negocios mineros diseminados en los términos de Turre, Lubrín, Enix y Lucainena.

Por nuestra parte, hemos localizado otras dos referencias en El Observador Mercantil, en 1906. El 25/01/1906 se hace eco, con la grandilocuencia habitual en la prensa de la época, de las grandes expectativas del coto minero de Los Coscojares. Meses más tarde, el 08/01/1906 se llega incluso a informar de la existencia de un proyecto para construir un ferrocarril, por parte de una empresa extranjera sin identificar, que “partiendo del coto de Los Coscojares pase por los grandes criaderos de hierro de Juan Blanquilla y La Atalaya, y venga a morir en las playas de Carboneras y Garrucha”.

Para volver a tener noticias de este coto minero, hemos de esperar hasta 1926. El Tomo II de la magna obra de Guardiola y Sierra, Criaderos de Hierro de España, dedica el capítulo XIX a los Yacimientos de los términos de Zurgena y Lubrín, si bien se detiene únicamente en los de Coscojares y la Atalaya.

Lo más significativo es el hecho de reconocer al coto como una unidad de explotación, aunque el número de concesiones que recoge es 12, no 13. Tampoco identifica si la gestión correspondía a los herederos del propietario, el citado Segundo Peón, que había fallecido en 1923, o había sido arrendado a un tercero.

A pesar del tiempo transcurrido, nos volvemos a encontrar con el hecho de que su situación, más alejada del mar que las formaciones montañosas de Bédar, con las que comparte naturaleza geológica, ha impedido su explotación en gran escala. El escaso mineral extraído era transportado a lomos de animales hasta el ferrocarril de Lorca a Baza, para su embarque en Águilas. Entendemos que el punto de carga en el ferrocarril sería la estación de Zurgena, la más próxima a las minas.

La descripción geológica del criadero de mineral es bastante prolija, estimando sus reservas a la vista en unas 600.000 toneladas de hematites parda, que con un plan completo de explotación podrían llegar al millón y medio de toneladas. En cuanto a la calidad del mineral, su contenido en hierro oscila entre el 45 y el 48%, con un 2% de manganeso, y muy pobre en silicio y fósforo, lo que lo convierten en muy apreciado en los mercados.

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Pese a la gran importancia del criadero, las labores a esa época se limitaban a algunas rozas y a una serie de galerías de no más de 12 metros de profundidad. La gran esperanza para la viabilidad de la explotación era la cercanía al trazado del proyectado ferrocarril estratégico de Torre del Mar a Zurgena, apenas a unos 4 kilómetros. Sin embargo, en esa década ya parecía haberse esfumado tal posibilidad, por lo que Guardiola y Sierra apuntan como más factible la idea de construir un cable aéreo de unos 8 kilómetros entre los terrenos de la concesión León Bravo y la estación del ferrocarril de Chávarri en Bédar.

Para volver a encontrar información sobre el devenir de la minería en la Sierra de la Atalaya, hemos de esperar a la década de los 50. Entre 1953 y 1958, la Estadística Minera y Metalúrgica de España (EMME) va a recoger algunas breves reseñas a la zona de nuestro interés. La más extensa es la primera de ellas, en 1953, anunciando que “se ha reanudado la explotación el el llamado Coto Peón, de Lubrín. El nuevo explotador es la empresa Alfomelo S.A., formada por entusiastas elementos, con medios económicos poderosos”. Por enésima vez, alude también a la importante cubicación del yacimiento, a la buena calidad de su mineral y, como no, al difícil y costoso transporte.

Se cifra la producción para ese ejercicio en 11.960 toneladas, parte de las cuales fueron transportadas por carretera para embarque por el puerto de Almería, y las otras transportadas a Zurgena para seguir por ferrocarril al puerto de Águilas. Asimismo, se vuelve a plantear la posibilidad, contemplada por la empresa, de un cable aéreo para llevar el mineral hasta la costa, esta vez por “el antiguo embarcadero de Villaricos”.

En 1955 la explotación recibe un gran impulso, llegando a producir 69.028 toneladas. En los años sucesivos se va mantener elevado el nivel de producción. En 1957 se señalan ya algunas dificultades, bajando la producción hasta las 52.000 toneladas. A partir de 1959, desaparece toda mención al Coto Peón en la EMME.

En los distintos expedientes administrativos de las concesiones mineras, obrantes en el Archivo Histórico Provincial de Almería, hemos localizado el contrato de arrendamiento de las minas del Coto Peón a favor de la empresa Minas de Hierro Alfomelo S.A. Lo curioso es que, como propietario y arrendador de las minas, figura el comerciante malagueño Carlos Rubio Robles, aunque más adelante tendremos ocasión de aludir al origen y desenlace de esta cuestión.

Centrándonos en la empresa Alfomelo, esta fue constituida en Madrid como Sociedad Limitada el 21/02/1953. En el citado contrato de arrendamiento se estipula una duración del mismo hasta el 31/12/1958, a un precio de 5 pesetas por tonelada de hierro extraída. El 25/08/1953 se eleva a público en Málaga dicho contrato, pero para entonces Minas de Hierro Alfomelo se había transformado en Sociedad Anónima, pasando su capital social de uno a tres millones de pesetas.

Detrás de esta sociedad está la curiosa figura de Alfonso Martín Escudero, un emprendedor que, a partir de unos orígenes muy humildes, acabó creando un potente grupo empresarial, que culminó con la fundación de un banco en Brasil. Nacido en 1901 en Brihuega (Guadalajara), comenzó su trayectoria a los 13 años como ayudante de un representante de tejidos, para llegar a establecerse él mismo en la venta al por mayor de tejidos en La Coruña. En 1953 funda la citada Minas de Hierro Alfomelo y una sociedad subsidiaria, Transporte de Minas, encargada de realizar los embarques y exportación de mineral. También consta que adquirió minas en Lorca y Águilas, además de convertirse en propietario de importantes solares en el Paseo de la Castellana de Madrid. Sin abandonar sus negocios españoles, da el salto a Cuba, donde desarrolló actividades de muy diversa índole. En medio de las convulsiones por la revolución castrista, abandona Cuba y se establece en 1955 en Brasil, donde acabará fundando el Banco Alfomares, posteriormente adquirido por el Estado de Paraná. Falleció en Brasil a la edad de 88 años.

alfonso-martin-escuderoAlfonso Martín Escudero (Fuente: meioseculo.blogspot.com.es)

De los pormenores técnicos de la explotación durante esta época no nos han quedado testimonios, si bien entendemos que la magnitud del volumen de mineral extraído justificó la construcción de las estructuras que aún hoy se conservan, y que se limitan a varias tolvas de piedra, el trazado de varias vías mineras y la casa de la empresa.

Entrando ya en los años 60, un nuevo contrato de arrendamiento nos va a arrojar algo de luz sobre el período intermedio que había entre la consolidación del Coto Peón, a principios del siglo XX, y la época de Alfomelo. En 1964 José Peón Santana, en calidad de representante de los herederos de Segundo Peón Moreno, solicita ante la Jefatura de Minas la cancelación de la inscripción de las concesiones mineras a nombre de Minas de Hierro Alfomelo S.A., al haberse extinguido el 30/04/1959 el arrendamiento. Al mismo tiempo, solicita que sean inscritas a nombre de la familia Peón, apoyándose en una sentencia judicial de la Audiencia Territorial de Granada de fecha 14/06/1958, confirmada por otra del Tribunal Supremo de 1962. En virtud de esta sentencia se declaran como nulos los contratos de compraventa de 20/12/1916, ya que la venta de las minas de Segundo Peón a Carlos Rubio Robles había sido simulada. En consecuencia, se ordenaba el reintegro al Sr. Rubio de 52.000 pesetas, más los correspondientes intereses. Admitido el cambio de dominio por la Administración, los herederos del Sr. Peón pretenden arrendar el coto minero a Ignacio Sellán Aizpuro. No obstante, por defectos de forma no se admite la solicitud, no habiendo encontrado en los expedientes ningún contrato que demuestre que, finalmente, el arrendamiento hubiese llegado a término.

Un último intento de arrendamiento, cuya autorización administrativa en principio también consta como anulada, tuvo lugar el 27/01/1970, a favor del santanderino Jorge España Sasia. En el contrato se estipulaba un canon de 14 pesetas por tonelada de mineral de hierro, con un mínimo de explotación de 12.500 toneladas. De forma un tanto rocambolesca hemos podido acreditar que, efectivamente, hubo actividad durante dicha época, como veremos más adelante.

Finalmente, en 1987, la Consejería de Fomento y Turismo de la Junta de Andalucía declara la caducidad las 13 concesiones de explotación que constituyeron el denominado Coto Peón de la Sierra de la Atalaya, cerca de la pedanía del Chive, cerrándose la historia de este coto minero familiar de tan inusualmente prolongada existencia.

Las minas

La primera zona que hemos visitado ha sido la menos interesante de todas. Hacia el centro de la sierra, y en la vertiente sur, existen una serie de labores a cielo abierto de pequeña magnitud. Se trata de los terrenos ocupados por la concesión Victoria. Llegamos desde la pedanía de El Pilar, por la estrecha carretera que va hasta el Chive. Apenas a un kilómetro desde el cruce, dejamos el coche, y remontamos un pequeño barranco que en su día estuvo poblado por chumberas, hasta la zona de las minas.

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Vista general de las labores en la vertiente sur de la Sierra de la Atalaya, desde el punto donde dejamos el coche

Pasamos junto a una galería derrumbada y una gran escombrera, de la que nos llaman la atención las durísimas piedras de mármol que la componen. Más al este, y siguiendo lo que presumiblemente fuera una vía minera, llegamos hasta una pequeña tolva de piedra, que bajaba el mineral desde las labores del nivel superior.

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En el extremo occidental de la sierra hemos observado la existencia de un par de tolvas de características muy similares, en terrenos de Triunvirato, muy cerca de la carretera de Lubrín a Uleila del Campo.

La siguiente zona que visitamos resultó ser bastante más interesante, dedicándole dos excursiones completas. Justo al borde de la carretera que une el Chive con Lubrín se encuentra la concesión León Bravo, y las mayores infraestructuras de todo el coto minero. Lo primero que vemos es una gran tolva de mampostería, que viene a volcar justo al nivel de la carretera. Sin duda alguna, se trataba de el punto desde donde se cargaban los camiones en la etapa de Hierros Alfomelo.

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Tolva de carga en los camiones

Por encima de ella se aprecian los restos de un enorme depósito de minerales. Alrededor de este punto, se suceden numerosas canteras o rozas a cielo abierto, algunas de ellas gigantescas.

La primera boca de mina que vemos está muy cerca de la tolva, junto a la carretera, rectilínea y de unos 30 metros de longitud, fácilmente accesible, pero poco interesante.

La mina más espectacular de la concesión está muy escondida entre matorrales, y la encontramos a levante del gran depósito, siguiendo el trazado de lo que sería una vía minera, encima de la casa de la compañía minera. Sólo por ella merece la pena la visita. Nada más entrar por la estrecha abertura nos encontramos dentro de una enorme cavidad, excavada a golpe de barrenos. Las luces de nuestras linternas ni siquiera llegaban a los techos, de tan considerable altura que presenta.

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Entrada de la mina León Bravo

Desde la gran bóveda, podemos profundizar a través de sendos pasillos, a derecha e izquierda. El de la izquierda da paso a otra bóveda, más pequeña que la de la entrada, pero en cuyas paredes encontramos unos bellísimos y abundantes ejemplares de pirolusita (óxido de manganeso), perfectamente distinguibles por su intenso brillo metálico. El pasillo de la derecha resulta especialmente reseñable, por cuanto el suelo que pisamos es el propio filón de hierro. El método de explotación era el de pilares o llaves, que consistía en en dejar columnas del mineral para sostener las bóvedas a medida que estas se iban perforando.

20151115_133736_2-webAntesala de la mina León Bravo

Al fondo de las labores efectuamos un curioso hallazgo, una caja vacía de explosivos y un rollo también vacío de cable detonador, así como una espuerta para llevar el mineral. La importancia de este descubrimiento es que nos ha servido para demostrar que, efectivamente, la actividad minera se prolongó, al menos, durante los años 70, a pesar de que en el expediente administrativo no se haya encontrado ningún documento que lo acreditase. Y si podemos demostrarlo es, precisamente, porque tanto la caja de explosivos como el rollo de cable corresponden a Unión de Explosivos Río Tinto S.A., de Madrid, compañía que fue fundada en 1970 a partir de la fusión de Unión de Explosivos de España y la Compañía Española de Minas de Río Tinto.

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Nuestra última excursión la hemos dedicado a la concesión María Teresa, también atravesada por la carretera del Chive a Lubrín, en la parte más oriental del coto minero. Siguiendo dicha carretera, apenas un kilómetro y medio después de la casa de la mina, observamos numerosas labores mineras a nuestra izquierda. La más visible es una especie de cueva de grandes dimensiones. No obstante, esta se trata de la que menos desarrollo tiene. Existe otra galería, en frente de la tolva (la cual conserva aún una vertedera metálica), escondida entre la vegetación, que al entrar da paso a otra nueva cavidad de enormes dimensiones. Muy parecida a la de León Bravo, esta resulta significativamente más peligrosa, pues desciende abruptamente en forma de socavones, uno de los cuales pasa justo al lado de un pozo de gran profundidad. Tampoco el suelo ayuda, pues a diferencia de lo que veíamos antes, se compone de piedras sueltas y tierra muy resbaladiza, y en su interior no hemos encontrado minerales de valor.

Por último, a la derecha de la carretera, y no visibles desde esta, hemos localizado otras galerías de gran interés. Hay que bajar el barranco hasta una zona de acopio de minerales. A la izquierda nace el trazado de lo que debió ser una vía minera, que va rodeando el cerro hasta una gran explanada. En los dos extremos de la misma se sitúan dos minas de agradable visita, si bien con características diferentes. La de la izquierda es del tipo bóveda, naciendo en su misma entrada una cámara principal de grandes dimensiones. Al fondo, otra cámara más pequeña alberga en sus paredes unas goethitas muy interesantes.

La de la derecha es un pequeño laberinto de galerías, de suficiente altura para movernos con facilidad, y de trazado sinuoso, que denota cómo los mineros iban siguiendo la dirección anárquica de los filones. Para enfilar la parte más profunda hay un escalón con el que conviene ser muy precavido, pues a la vuelta puede resultar difícil de subir, al no existir ningún punto de apoyo. Como curiosidad, la mina se encuentra llena de opiliones, un tipo de araña inofensiva y muy común en las minas de Almería, de cabeza muy pequeña y patas muy largas, que en ocasiones forman enjambres con decenas de ejemplares. Se trata de una mina muy entretenida de recorrer y, como la mayoría de las minas almerienses, aparentemente segura por la consistencia de las rocas.

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Las dos minas en la explanada al final de la vía minera de la concesión María Teresa. A la de abajo corresponde el vídeo que acompaña a esta publicación

Minerales

En la base de datos del Instituto Geológico y Minero de España existen recogidos tres indicios metalogénicos en la zona de la Sierra de la Atalaya.

El número 1014005 se corresponde con las minas Victoria, San Miguel y Triunvirato, coordenadas X: 581.100 e Y: 4.116.900. Definido como de naturaleza estratiforme/estratoligado¸ N040-060/50-70NE, en las labores principales; hacia el SE cambia el sentido de buzamiento. La mineralización sigue el muro de la formación marmórea, con aloramientos aislados.

El número 1014006 se corresponde con la mina León Bravo, coordenadas X: 582.200 e Y: 4.116.500. Definido como de naturaleza estratiforme, con cuerpos mineralizados estratiformes, hacia la base de la formación carbonatada; también filones N005 por sustitución de los carbonatos a favor de fracturas y planos de discontinuidad.

Para ambos indicios, como minerales principales contempla hematites, limonita y siderita y, como secundarios, óxidos de manganeso y hematites especular.

Por último, el número 1014004 lo denomina “Labores de la Atalaya”, cerca ya de la pedanía de El Pilar, coordenadas X: 580.500 e Y: 4.117.400. También es de naturaleza estratiforme, N120/35N, con niveles lenticulares centimétricos de óxidos de hierro, en un paquete de mármoles de al menos 2 metros de potencia. Minerales principales: hematites y limonita, y como secundario posible pirita.

A continuación podemos disfrutar de unas fotografías de los minerales recogidos.

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Pirolusita. Foto cortesía de José A. Soldevilla.

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Pirolusita. Foto cortesía de José A. Soldevilla.

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Análisis de las pirolusitas (cortesía de Adolf Cortel)

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Siderita y calcita (foto del autor)

Perspectivas de aprovechamiento

Consideramos muy interesante explorar las posibilidades de aprovechamiento turístico y didáctico de esta comarca minera, tal y como ya se está llevando a cabo en numerosos puntos de España y el extranjero. En un espacio relativamente pequeño encontramos minas espectaculares, instalaciones de patrimonio industrial y rutas y parajes de gran valor paisajístico. La inversión en acondicionamiento de las galerías no debería ser muy elevada, y nos atrevemos a sugerir la gran mina de León Bravo como la más idónea para ser convertida en visitable, y embrión de un futuro desarrollo de turismo minero de la comarca.

En cualquier caso, sirva este trabajo para dar a conocer una muestra más del ingente patrimonio minero almeriense, y rescatar del olvido la historia de unas minas por las que pasaron varias generaciones de sufridos trabajadores.

Por último, añadimos un vídeo grabado en la última de nuestras visitas.

© Mario López Martínez
Amigos del Patrimonio Geominero de Almería – 2016

Cueva de la Paloma (Bayarque, Almería)

La Cueva de la Paloma es una cavidad natural, ubicada en el término municipal de Bayarque (Almería), que desde tiempos inmemoriales ha sido horadada en busca de minerales. Ubicada sobre la espectacular “Cerrá de Tíjola”, un desfiladero formado por el Río Bacares, se encuentra también a los pies de Tíjola la Vieja, las ruinas del antiguo emplazamiento del pueblo, arrasado tras la guerra que siguió a la rebelión de los moriscos.

Se puede acceder de dos formas. La más complicada, pero también la más interesante, es desde el sendero de la Cerrá, que partiendo desde Tíjola remonta el río pasando por un viejo molino, una acequia y preciosas cascadas, como la Fuente del Huevo.

La más sencilla es desde un carril que parte a la izquierda, a la salida de Bayarque, el cual seguimos hasta una explanada donde se puede aparcar el vehículo. A partir de ahí se baja hasta la Cueva por un empinado pero cómodo sendero.

Historia
Según Madoz “en la famosa Cueva de la Paloma se encuentra mineral de cobre; los antiguos trabajaron infinito en ellas, según lo demuestran las largas y profundas minas que allí se ven”.

La primera referencia que encontramos a la minería moderna es el monográfico dedicado a Bayarque del Instituto de Estudios Almerienses, que limita la explotación de la Cueva de la Paloma hacia 1900, resultando infructuosa la búsqueda de hierro y cobre. La realidad es bien diferente.

Tras investigar en el fondo de expedientes de registros de minas del Archivo Histórico Provincial de Almería hemos podido determinar que, hacia 1888, se explotaba la Cueva, dentro de la concesión minera “Mi Dolores”, de Francisco Hernández Castillo. Unos pocos años después caducó el registro, pero en 1894, en plena fiebre de la minería del hierro, se solicita rescatar la concesión bajo el nombre de “Recuperada” por Amador Giménez Molina. Hay que constancia de que estuvo activa, al menos, hasta 1898, para caducar en una fecha indeterminada.

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En 1910 se reactiva la explotación, bajo la concesión “Los Remedios”, que amplió considerablemente el área demarcada desde las 12 iniciales hasta las 31 cuadrículas mineras (cada una tenía una superficie de 100×100 metros). El titular era Francisco Sánchez Roca, procurador de los Tribunales de Almería capital. En 1921 solicita a la Administración un certificado de que se encontraba al corriente de pago del derecho de superficie, y de que no había arrendado o traspasado la concesión. Para entonces la minería almeriense en general, y la del hierro en particular, había entrado en una grave crisis, que llevó al abandono de la mayoría de las explotaciones. Curiosamente hemos averiguado que en 1922, poco después de solicitar ese certificado, se registra el terreno colindante con la mina “Los Remedios”, entre su borde oeste y el río Bacares, para la extracción de petróleo. Se trataba de la concesión “Virgen del Mar”, del también almeriense Juan Antonio Martínez Rodríguez. Ya en 1921 se habían efectuado otros seis registros para buscar petróleo en la vecina Tíjola. Sin duda alguna, esa fiebre debía obedecer más al oportunismo que la existencia de fundamentos geológicos serios sobre la existencia de yacimientos bituminosos explotables.

Más allá de estas circunstancias anecdóticas, señalar que la minería en este paraje no verá ciertos signos de reactivación hasta la tardía y atípica fecha de 1967, cuando la empresa radicada en Gijón “Molinera Astur S.A.” solicita el Permiso de Investigación para cobre “La Joya”, en los términos de Tíjola y Bayarque. Considerando de poco interés continuar con las labores antiguas, optaron por practicar una galería que, desde la falda del cerro, en la ribera del Río Bacares, cortase el filón de la Cueva de la Paloma. Tras sucesivas prórrogas, el Permiso de Investigación expiró en 1973, sin llegar a solicitarse el pase a la figura de Concesión Minera.

La exploración

En comparación con otras minas de nuestra provincia, el recorrido es bastante fácil. Recomendamos entrar por una pequeña galería artificial a la derecha de la reja, con visibles afloramientos de malaquita. Tras un breve recorrido, desembocamos en la primera gran cavidad natural, visible desde el exterior.

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La cruzamos hasta su extremo de la izquierda, y bajamos con cuidado por una empinada pendiente de escombros muy resbaladizos. Al final de la bajada estamos en el fondo de la segunda gran cavidad, la interior. De ella parten algunas pequeñas catas, y encontramos al final una hermosa veta de azurita.

A la izquierda de esta nave parte una galería horizontal, rectilínea y amplia, que tras unos 40 metros finaliza en una bifurcación en forma de “T”. Recorremos cada uno de los ramales entre el brillo de las pequeñas calcitas, percibiendo cómo el calor va aumentando a medida que nos internamos. La de la izquierda finaliza abruptamente en una pared. La de la derecha, en lo que parece ser un derrumbe. Esta última tiene, a su vez, otro pequeño ramal a la derecha, pero de corto recorrido.

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Minerales

Además de las citadas vetas, podemos recolectar abundantes piedras de azurita y malaquita en la gran escombrera del exterior.

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